Textos de Alejandro Dolina
-LAS BARRERAS DE LA MUERTE O LAS SIMPLEGADAS DE FLORES
-EL TREN DEMASIADO LARGO
-EL HOMBRE QUE SE TRANSFORMABA DEMASIADO
-EL EXTRAÑO CASO DEL HOMBRE Y LA BESTIA
-EL DISIMULO DE LOS HOMBRES LOBO
-EL HOMBRE QUE ERA, SIN SABERLO, EL DIABLO
-LEYENDA DE LA MUJER QUE ES, SIN SABERLO, EL DIABLO
-EL HOMBRE QUE PADECIA DOS MALES
-EL PEQUEÑO PACTO DE MANUEL MANDEB
-LAS MELLIZAS GARCERON
-HISTORIA DEL QUE NO PODIA OLVIDAR
-HISTORIA DEL QUE SE ENAMORO DE UNA NIÑA DEMASIADO JOVEN
-LEYENDA DEL VOLADOR DE FLORES
-EL NIÑO QUE FUE A MENOS
-UNA PELEA
-EL HOMBRE QUE PEDIA DEMASIADO
-LOS MAGOS Y LA RIQUEZA
-NOSTALGIAS PERPETUAS
-EL HOTEL DE LOS MUERTOS
-EL BESO INVISIBLE
-DIALOGO ENTRE ASMODEO Y EL RUSO SALZMAN
- LAS BARRERAS DE LA MUERTE O LAS SIMPLEGADAS DE FLORES.
Cuando los Argonautas viajaban rumbo a Cólquide a buscar el vellón de oro
que colgaba de un árbol, encontraron unas rocas siniestras llamadas
Simplégadas, o Planctai, o Cianeas. Envueltas perpetuamente en la niebla
marina, defendían la entrada del Bósforo. Cuando un navío trataba de
pasar entre ellas, se unían y lo aplastaban.
Así, el paso a nivel de la calle Granaderos custodia el ingreso al Norte
de Flores.
Cuando un automóvil adverso está cruzando las vías, las barreras se
cierran instantáneamente y lo dejan atrapado. Pronto aparecen trenes
mortales que destrozan los vehículos y a los ocupantes que no tuvieran la
prudencia de huir.
Ciertos asutos conductores de camionetas emplean la siguiente estratagema:
envían delante suyo una carretilla que es arrollada por el tren. Saciado
por un instante el infernal apetito, los sagaces choferes aprovechan para
pasar a toda marcha.
Existen en el barrio otras barreras demoníacas que se cierran cuando no hay
peligro y conceden el paso un segundo antes de la irrupción de horribles
locomotoras asesinas.
- EL TREN DEMASIADO LARGO.
Las autoridades del ferrocarril han armado un tren colosal. Lo forman miles
y miles de vagones. El furgón está contra los paragolpes de la estación
Once y la locomotora al fin del ramal de Ingeniero Luiggi. Su destino es la
inmovilidad. Nadie sabe si todavía no ha partido o si ya ha llegado.
Se trata de un tren inútil.
- EL HOMBRE QUE SE TRANSFORMABA DEMASIADO
El doctor Maderna aprendió a convertirse en mariposa cuando era un
adolescente.
Más tarde adquirió nuevas destrezas y así llegó a transformarse en gato,
en
anguila, en pez, en caléndula y en escritorio.
Siendo adulto era capaz de convertirse en cualquier objeto a su capricho.
Sin embargo, sus metamorfosis se hicieron tan frecuentes que su familia
vivía
en inquietud constante. Nadie se atrevía a matar a una cucaracha, por temor a
que se tratara del doctor Maderna. Una noche lo arrojaron a la basura
bajo la forma de una esponja usada y un domingo estuvo a punto de ser
devorado
por su propio hijo, quien no supo reconocerlo en un chorizo.
Cada vez era menos asidua su apariencia original.
Eso sí, nunca dejaba de asumirla el día de su cumpleaños, para no perderse
obsequios y homenajes.
Una madrugada entraron ladrones y se lo robaron, cuando era un jarrón de
cristal. Nunca más se supo de él.
Desde entonces, su pobre esposa recorre las casas y negocios de la ciudad,
hablando tiernamente a los floreros:
- Ramón... Ramón... Maderna...
Pero los jarrones siempre son jarrones, o acaso son alguna otra persona.
- EL EXTRAÑO CASO DEL HOMBRE Y LA BESTIA
Es posible imaginar un Jeckyl y un Hyde cuya historia sea estropeada por
una
poción mal preparada.
Las características humanas y bestiales aparecen en forma inoportuna: el
protagonista es brutal aun antes del brebaje, o mantiene rasgos amables des-
pués de él.
A menudo es Jeckyl y Hyde al mismo tiempo y hasta hay ocasiones en que no
es
ninguno de los dos.
Un mal farmacéutico es fatal para la literatura.
- EL DISIMULO DE LOS HOMBRES LOBO
Los viernes a la noche, los séptimos hijos varones de algunas familias de
Flores se volvían lobizones. En un tiempo se originaban innumerables
escándalos y episodios sangrientos. Pero con los años, los lobizones
aprendieron a amainar sus instintos, a cuidar sus modales y a maquillar sus
hocicos repugnantes. La gente les fue perdiendo el miedo primero y el
respeto después.
Los muchachos del barrio lo corrían a pedradas y, en el mejor de los casos,
se burlaban de los hombres lobo, rebautizándolos con apodos infamantes.
Una noche, hartos de recibir humillaciones, los monstruos semanales
abandonaron todo recato y recorrieron el barrio pegando alaridos y lanzando
tarascones al aire. Sin embargo ya era demasiado tarde. Habían perdido la
autoridad que es indispensable para asustar. Nadie volvió a tomarlos en
serio.
Hoy los lobizones se ocultan y se reúnen en locales secretos, recordando
sus hazañas del pasado.
- EL HOMBRE QUE ERA, SIN SABERLO, EL DIABLO.
Un caballero de la calle Caracas resolvió negociar su alma. Siguiendo los
ritos alcanzó a convocar a Astaroth, miembro de la nobleza infernal.
-Deseo vender mi alma al diablo- declaró.
-No será posible- contestó Astaroth.
-¿Por qué?
-Porque usted es el diablo.
- LEYENDA DE LA MUJER QUE ES, SIN SABERLO, EL DIABLO
Hay en Las Lomas de El Palomar una hermosa mujer que se aparece a los
mu-
chachos en las noches de verano.
La mujer les cuenta una historia de amor y les regala una flor azul.
Los muchachos guardan la flor azul en un libro y piensan en la mujer y
lloran de melancolía.
La mujer es en realidad el demonio, pero los muchachos no lo saben y
ella
tampoco, tan oscuros son los métodos de Satán.
Dios guarde a los muchachos tristes de las mujeres hermosas.
- HISTORIA DEL QUE PADECIA DOS MALES
En la calle Caracas vivía un hombre que amaba a una rubia.
Pero ella lo despreciaba enteramente.
Unas cuadras más abajo dos morochas se morían por el hombre y se le
ofrecían
ante su puerta. El, las rechazaba honestamente.
El amor depara dos máximas adversidades de opuesto signo: amar a quien no
nos
ama y ser amados por quien no podemos amar.
El hombre de la calle Caracas padeció ambas desgracias al mismo tiempo y
murió una mañana ante el llanto de las morochas y la indiferencia de la
rubia.
- EL PEQUEÑO PACTO DE MANUEL MANDEB
No le fue fácil a Satanás tentar a Manuel Mandeb. Para empezar, cada vez
que se le aparecía, el hombre salía corriendo, sin dar tiempo a
presentaciones ni propuestas.
Un día, disfrazado de ferroviario, logró captar la confianza del polígrafo
y finalmente le propuso el pacto de siempre.
-"En realidad, me gustaría obtener el amor de una cierta señorita. Pero no
creo que valga un alma. Es de escasa estatura."
-"Puedo darte ese amor y también riquezas y honores, para completar la
diferencia".
-"Tengo una idea mejor-gritó Mandeb-. Concédame ese amor! A cambio yo
cometeré cuatro inequidades, que tal vez alcanzen para condenarme.
Discutieron largo rato. Satanás aceptó sin entusiasmo el pequeño pacto,
que se firmó con tinta corriente. Las inequidades fueron establecidas por
escrito y eran éstas:
1) Un latricinio. Mandeb lo resolvió robándose las bolas de billar de una
mesa del salón Odeón.
2) Una blasfemia.
3) Una traición. No fue sencillo cambiar de panadería pero había que cumpir.
4) La cuarta inequidad fue identificada con el propósito mismo del pacto.
Hacerse amar por alguien y no dar el alma a cambio es, por cierto, una
canallada.
A fuerza de generosidades y arrepentimientos, Mandeb fue emparejando el peso
de sus pecados, hasta quedar en condiciones de salvarse del infierno,
ajustadamente.
- LAS MELLIZAS GARCERON
Las mellizas Irma y Julia Garcerón acostumbraban a compartir a sus novios.
Cuando una de ellas se relacionaba con un caballero no tardaba en enviar a
la otra como reemplazo. Bien se ve que aquí no exixtía metamorfosis, sino
impostura.
Cierta vez, Irma se puso de novia con Andrés, uno de los trillizos
Mantegari.
Estos hermanos también tenían la costumbre de poseer sus amores en común.
Por cierto, este era un noviazgo que admitía seis formas diferentes:
1) Irma y Andrés.
2) Irma y Carlos.
3) Irma y Luis.
4) Julia y Andrés.
5) Julia y Carlos.
6) Julia y Luis.
No todas las fases se daban del mismo modo. Julia y Carlos se amaban
tiernamente. Irma y Luis se detestaban. Carlos e Irma no se habían visto
nunca.
Ni las Garcerón sospechaban de los Mantegari, ni los Mantegari dudaban de
las Garcerón.
Una noche Julia se casó con Luis creyendo hacerlo con Carlos. Carlos,loco
de celos, estranguló a Irma, pensando que su víctima era Julia. Andrés
fue condenado a prisión y Julia lo visitaba creyendo que era Carlos.
Manuel Mandeb intentó escribir la historia de estos amores, pero apenas
dejó media carilla, llena de tachaduras y rectificaciones.
- HISTORIA DEL QUE NO PODIA OLVIDAR
El ruso Salzman tuvo muchas novias. Y a decir verdad solía dejarlas al
poco tiempo. Sin embargo, jamás se olvidaba de ellas.
Todas las noches sus antiguos amores se le presentaban por turno en
forma
de pesadilla. Y Salzman lloraba por la ausencia de ellas.
La primera novia, la verdulera de Burzaco, la pelirroja de Villa Luro,
la
inglesa de La Lucila, la arquitecta de Palermo, la modista de Ciudadela. Y
también las novias que nunca tuvo: la que no quiso, la que vio una sola vez
en
el puerto, la que le vendió un par de zapatos, la que desapareció en un
zaguán
antes de cruzarse con él.
Después Salzman lloraba por las novias futuras que aún no habían
llegado.
Los hombres sabios no se burlaban del ruso pues comprendían que estaba
poseído
del más sagrado berretín cósmico: el hombre quería vivir todas las vidas y
es-
taba condenado a transitar solamente por una. Aprendan a soñar los que se
con-
tentan con sacar la lotería...
- HISTORIA DEL QUE SE ENAMORO DE UNA NIÑA DEMASIADO JOVEN
Manuel Mandeb supo tener amores con una niña muy joven de la calle Páez. La
muchacha no hizo cuestión por la diferencia de edades y además es cierto que
Mandeb era un hombre de aspecto soberbio, dentro de su sombrío estilo.
Pero pronto empezaron las dificultades.
Un día, Manuel insistió en caminar bajo un aguacero mientras recitaba a
los gritos un soneto flamante.
Una noche le hizo el amor en una casa embrujada de la calle Campana para
espantar a los demonios.
A veces, en la madrugada, se trepaba hasta la ventana de la niña, en el
tercer piso, y dejaba prendida una flor roja.
Una tarde de invierno le hizo probar el licor del olvido y el vino del
recuerdo.
En verano, le sacaba la blusa en las calles oscuras y le ponía alguna de
sus gastadas camisas azules.
Para su cumpleaños le reagaló una sombra robada en Villa del Parque que
había encerrado en una caja de cristal.
Después enseñó a todos los pájaros de Flores a cantar el nombre de la
muchacha en su ventana.
Entonces la niña abandonó a Mandeb y comentó luego a sus amistades en una
pizzería:
- No éramos de la misma generación.
- LEYENDA DEL VOLADOR DE FLORES
Casi todos los hombres sensibles de Flores conocían a Luciano, el volador.
Sabía atender un puesto de diarios en la esquina de Boyacá y la avenida.
Sus apologistas pretenden que levantaba quiniela, hecho que no le consta
para nada al compilador de estas historias. Por lo demás, a través de todos
los mitos de Flores, parece constante el afán de enaltecer el recuerdo de
los héroes, atribuyéndoles actividades relacionadas con el juego. Si es
verdad lo que se cuenta, Luciano volaba. Sus escasas fotografías nos lo
muestran liviano y magro, aunque carente de alas. Una de ellas, que suele
utilizarse como prueba de su don, lo registra en el costado dercho de un
grupo numeroso y sus pies aparecen en el aire, a una cuarta escasa del
suelo.
Los escépticos atribuyen ese efecto a un truco fotográfico o bien a un
pequeño salto oportuno.
Sin embargo, la tradición oral de Flores insiste en recordar los vuelos de
Luciano. Los mas viejos aseguran que, cuando niño, descolgaba los barriletes
que se enredaban en los árboles y recobraba las pelotas que caían en los
techos del vecindario. Ya mayor, prefirió siempre los vuelos nocturnos.
Parece que el cielo sostiene mejor de noche y no se corre el riesgo de
llamar la atención de los papanatas.
Excepción de los días de lluvia o granizo, Luciano prescindía de los
colectivos y taxímetros. Un viajecito al centro le insumía apenas diez
minutos. Solía aterrizar en las terrazas solitarias y bajar por los
ascensores, para evitar el escándalo. Siendo volador, Luciano era discreto.
Conocí -eso cuentan- el secreto de todos los campanarios de Flores, se
cruzó mil veces con las brujas desnudas que sobrevuelan Belgrano y se
saludó con los ángeles ociosos que se dejan llevar por los vientos.
Sus enemigos lo acusaban de robar higos y triciclos, para no hablar de las
lamparitas del alumbrado público. Los aviones le producían terror, desde un
día en que paseando por El Palomar, un pardo Avro Lincoln casi le arranca
la cabeza.
Manuel Mandeb ha sido el principal proveedor de anécdotas de Luciano. El
pensador árabe cuenta -por ejemplo- las desagradables consecuencias que
padeció a causa de su ignorancia del uso de la brújula y la posición de
los astros.
Así nos refiere que una noche que volaba hacia el estadio de Vélez Sarsfield
con la ladina intención de colarse, equivocó el camino y descubrió las
fuentes mismas del río Matanza. Encontró allí -sostiene Mandeb- grandes
poblaciones lacustres, semejantes a las que cundieron en Suiza hace
milenios. Tomándolo por un dios, los inocentes pobladores lo agasajaron, le
dieron de comer hidromiel, le cedieron a una joven mas o menos doncella y
le obsequiaron una yunta de gallinas y un florero, único de estos objetos
que aún conserva.
Estos cuentos son muy sospechosos. Sospechosa es también la historia que
ubica a Luciano siguiendo una bandada de golondrinas hasta los trópicos o
aquella que hace referencia a la lucha del volador con un cóndor bataraz.
Cuando comenzaron las calamidades en el barrio de Flores, Luciano decidió
partir. Las palomas azules con sus plumas de acero coparon el cielo de la
barriada y el volador sintió miedo. Manuel Mandeb insiste en que antes de
irse para siempre, Luciano le contó el secreto de su increíble destreza.
Dice Mandeb que un mago extranjero le concedió el don del vuelo, pero le
hizo la siguiente prevención: "Volará, Luciano, pero cuida que quienes lo
sepan no escriba nunca tu historia. Cuando alguien la lea, tu poder
cesará definitivamente". Esto explica que las hazañas de Luciano sólo se
hayan transmitido en forma oral. Ninguno de los literatos de Flores lo
menciona jamás. Gracias a ello Luciano seguirá volando hasta el día de hoy,
lector impío, en que tus ojos curiosos acaban de desbarrancarlo para
siempre.
- EL NIÑO QUE FUE A MENOS
La señorita Claudia le pregunta a Ferro:
-¿Quién fundó la ciudad de Asunción?
Ferro lo ignora y lo confiesa. La maestra intenta por otros rumbos.
-Tissot.
-No sé, señorita.
-Rossi.
Silencio. El ambiente se pone pesado porque quizá la señorita Claudia
enseñó
aquello el día anterior.
-Maldonado.
Nada. Claudia frunce el ceño y ensaya unos reproches generales.
Frezza, el tano Frezza, lo sabe de algún modo misterioso. Es extraño el
camino que siguen las nociones: suelen alojarse donde menos se piensa.
-Núñez. López. Dall'Asta.
Tampoco. Frezza espera, sobrador, sin levantar la mano. Cosa de
manyaorejas,
piensa.
La señorita Claudia se dirige a las niñaz y pronuncia el nombre amado.
Frezza
está muy lejos para soplar y la morocha que lo enloquece no puede contestar.
De pronto, la maestra lo mira.
-Frezza.
Y el niño taura, que tal vez necesita anotarse un poroto, se levanta, mira
hacia el banco y de la morocha y dice casi triunfal:
-No lo sé.
Si es que nadie lo sabe, estará bien no saberlo. Frezza se sienta y se oye
entonces, como en una horrible blasfemia, la voz de Campos, injuriosa:
-¡Juan de Salazar!
Pasaron los años. La morocha no conoció el amor de Frezza ni tampoco su
gesto
elegante y generoso.
Si alguien califica estas lecciones en alguna Libreta Celeste, Frezza
tendrá
un nueve. Y si ni siquiera existe esa Libreta, entonces tendrá un diez.
- UNA PELEA
Me empujaron a la salida. Hubo un tumulto blanco y después de una rápida
investigación, quedé frente a frente con Carlos.
-¿Qué empujás?
Se formó una rueda. Alguien gritó:
-Fajálo...
Niñas aterrorizadas se sumaron al grupo.
Carlos se puso muy colorado. Manos crueles lo empujaron hacia mí.
Tito, falso caudillo y sujeto temido, me dijo:
-Dale... ¿O le tenés miedo?
Entonces le acomodé una piña y ahora ya sé que soy cobarde.
- EL HOMBRE QUE PEDIA DEMASIADO
Satanás: Qué pides a cambio de tu alma?
Hombre: Exijo riquezas, posesiones, honores, distinciones... Y también
juventud, poder, fuerza, salud... Exijo sabiduría, genio, prudencia... Y
también
renombre, fama, gloria y buena suerte... Y amores, placeres, sensaciones...
Me
darás todo eso?
Satanás: No te daré nada.
Hombre: Entonces no tendrás mi alma.
Satanás: Tu alma ya es mía. (Desaparece)
- LOS MAGOS Y LA RIQUEZA
La costumbre de pagar los servicios de los brujos provocó el enriqueci-
miento y despertó la codicia de muchos de ellos.
Otra consecuencia lamentable fue la aparición de infinidad de falsos adi-
vinos que, careciendo de todo poder, vivían del engaño.
Había quienes adivinaban la suerte con cartas marcadas. Otros investigaban
a
sus clientes antes de recibirlos, para sorprenderlos con revelaciones
espectaculares. "Usted tiene un cuñado que trabaja en el correo."
Así la respetable profesión de brujo fue usurpada por una caterva de esta-
fadores que interpretaban los sueños y aconsejaban apuestas para la quiniela.
Como todos sabemos, Los Refutadores de Leyendas aprovecharon esa circuns-
tancia y hoy ya no es posible decir a nadie que uno es brujo, sin que se sos-
peche que detrás de esa afirmación existe un engaño o la intención de vender
una
rifa.
- NOSTALGIAS PERPETUAS
Un hombre oscilaba entre dos identidades.
A veces era fiscal, vestía trajes elegantes y tejía razonamientos olímpi-
cos. En otras ocasiones era cazador, portaba armas implacables y perseguía a
las
fieras.
Cuando era fiscal decía:
- Ah, si estuviera cazando...
Cuando era cazador decía:
- Ah, si estuviera fiscalizando...
A menudo se equivocaba y añoraba la caza mientras cazaba y los pleitos
mientras pleitaba.
- EL HOTEL DE LOS MUERTOS
Estaba situado en la calle San Blas, quizá fuera de los límites legales
del
barrio. Su aspecto era siniestro.
Los Hombres Sensibles llegaron a comprobar que todos los pasajeros estaban
muertos.
En verdad nadie sospechaba tal cosa hasta que Ives Castagnino vio desde la
puerta al tano Rosetti, que llevaba varios meses difunto. Inútiles fueron las
consultas con los empleados, que mantenían una implacable reserva. De todos
modos Manuel Mandeb, Jorge Allen y el propio Castagnino investigaron el caso
y
alcanzaron a sorprender a otros finados entrando al establecimiento.
Mandeb creyó entender que el hotel era una especie de lugar de espera
antes
del definitivo ingreso al más allá.
Jorge Allen decía que aquello debía ser el purgatorio o, si lo apuraban un
poco, el infierno. Los geógrafos soñadores trataron de alojarse en el lugar,
pero siempre se les decía que todas las habitaciones estaban ocupadas.
Una noche - tal vez dándolo por muerto - admitieron como huésped al ruso
Salzman. El hombre nunca quiso contar su experiencia. Se sabe, eso sí, que a
las
doce y cuarto de la noche lo vieron pasar corriendo por la avenida Juan B.
Justo.
El hotel existe actualmente, pero el autor de estas crónicas no se atrevió
a
visitarlo para hacer nuevos aportes.
- EL BESO INVISIBLE
En las tinieblas de la calle Bacacay acecha un beso malvado.
Esto es lo que sucede: el joven paseante siente de pronto que lo besan en
la
boca. Sin embargo, no ve a nadie. Este beso es el último que recibirá en su
vida.
Las viejas dicen que una Dama Invisible prodiga los besos de clausura.
Las personas instruidas prefieren imaginar un beso suelto.
Los muchachos timoratos se tapan la boca con pañuelos y bufandas.
Unos vivillos del barrio pretenden haber descubierto un contrahechizo que
consiste en besar inmediatamente a una mujer de carne y hueso.
Los mozos arremetedores recorren a la calle Bacacay, fingen ser besados y
se
abalanzan sobre las niñas más cercanas en busca de un beso redentor.
Por cierto, ninguna se niega.
- DIALOGO ENTRE ASMODEO Y EL RUSO SALZMAN
Asmodeo: Soy Asmodeo, inspirador de tahúres y dueño de todas las
fichas
del mundo. Conozco de memoria todas las manos que se han repartido en la
historia de las barajas. También conozco las que se repartirán en el futuro.
Los
dados y las ruletas me obedecen. Mi cara esta en todos los naipes. Y poseo la
cifra secreta y fatal que han de sumar tus generalas cuando llega el fin de
tu
vida.
Salzman: ¿No desea jugar al chinchón?
Asmodeo: No, Salzman. Vengo a ofrecerte el triunfo perpetuo. Con sólo
adorarme, ganarás siempre en cualquier juego.
Salzman: No sé si quiero ganar.
Asmodeo: Imbécil...! ¿Acaso quieres perder?
Salzman: No. Tampoco quiero perder.
Asmodeo: ¿Qué es lo que quieres entonces?
Salzman: Jugar. Quiero jugar, maestro... Hagamos un chinchón.
e-mail: ubik@ubik.com.ar