Fue así como, contratado para matar conejos, el profesor Herrlin, a los pocos meses de estar en Buenos Aires, faltó al convenio, por ser grato a una mujer.


Por Fernando Bonsembiante




El profesor Ernest Herrlin, zoólogo diplomado de la universidad de Camberra, Australia, descendió del avión que lo había traído tan lejos de su país natal. En el aeropuerto lo esperaba Arturo, el chofer contratado por sus nuevos empleadores.

Ernest estaba inquieto, era la primera vez que conseguía un trabajo con tantas posibilidades de hacerlo avanzar en su especialidad. Había estudiado cuidadosamente la propuesta que recibió de ese pequeño pueblo de Buenos Aires, y llegó a la conclusión de que él era el indicado para resolver el problema. Su experiencia en Australia en el campo del control de plagas lo convertía en la persona adecuada para exterminar la peste que amenazaba esta finca, dedicada a la producción industrializada de coliflor. Según el informe, que ya se sabía prácticamente de memoria, una pareja de conejos que escapó de un campo cercano se reprodujo exageradamente, en esa especie de paraíso para roedores que era la plantación de coliflor de la empresa Fabbri e hijos. Sus dueños debían exterminarlos con urgencia o enfrentar el desastre.

Ernest estaba seguro de su éxito. Traía en su equipaje un sistema electrónico de última generación, desarrollado junto con sus colegas en Australia, que emitía ondas sonoras imperceptibles para el oído humano. Esas ondas atraían a los conejos y los ponía en una especie de trance. De esa manera, era muy sencillo matarlos o capturarlos. El proyecto se había llamado 'Hamelin' en la etapa de experimentación, aunque ahora, para darle mayor seriedad, le decían 'emisor H'. Por eso estaba totalmente confiado en su éxito, aunque por supuesto, no contaba con ciertos detalles de la naturaleza humana que podían cambiar totalmente su objetivo.

El profesor se dió el lujo de dormir en el largo viaje en auto desde Ezeiza hasta Tandil. Lo hizo durante algunas horas, pero el sonido de una explosión y una sacudida del auto lo despertaron. Estaban en medio de la ruta, rodeados de campo. Arturo, el chofer, le informó, en un inglés precario, que alguien había tirado clavos miguelitos en la ruta y habían pinchado tres ruedas. Le dijo que lo mejor que podían hacer era llamar al Automovil Club desde una casa que se veía a la distancia, porque estaban fuera de rango del teléfono celular.

Caminaron hasta la casa en silencio y tocaron timbre. Les abrió una joven mujer que se presentó como Ludmila, y les dijo que lamentablemente el teléfono no estaba funcionando. De todas formas invitó a Ernest a almorzar, mientras Arturo iba hasta el pueblo con el capataz de la estancia a buscar al gomero.

Mientras disfrutaban de un asado y discutían si la carne argentina era o no mejor que la australiana, Ernest no podía dejar de sentirse hipnotizado por los ojos maravillosamente verdes de Ludmila. Ella era de una belleza especial, pelo negro, figura delgada, piel muy blanca, sus ojos eran incrteíblemente atractivos y parecían brillar como iluminados por detrás, desde adentro de su cabeza. De repente ella lo sorprendió con la pregunta de si él era casado o si tenía alguna 'afortunada mujer' que lo esperase en Australia. Ernest confesó que estaba demasiado ocupado con sus estudios para dedicarse a eso, y que él se consideraba casado con la ciencia. Ludmila esbozó una sonrisa pícara y cambió de tema, lo invitó a montar a caballo por la estancia. Ernest aceptó inmediatamente, ya que había practicado equitación en Australia desde que era chico.

Montaron durante horas, jugaron carreras, practicaron saltos y acamparon cerca de un pequeño río. Cuando empezó a oscurecer, Ernest recordó de repente que había venido a Buenos Aires para trabajar, y no de vacaciones en el campo. Volvieron a la casa y descubrieron a Arturo, el chofer, totalmente borracho, junto con el capataz. Les contó que habían arreglado el auto, que estaba totalmente listo, hacía horas, y que el aburrimiento los había llevado a probar los excelentes vinos de la bodega privada del capataz. Ernest estaba más contento que preocupado con la situación. Ludmila le recordó que el teléfono no funcionaba y que no podían pedir a los empleadores de Ernest que mandaran otro chofer. Entonces los invitó a pasar la noche, Arturo en la casa de los caseros, junto con el capataz, y Ernest con ella en la casa principal.

Después de una cena íntima con champagne, los dos juntos, a la luz de las velas, fueron a escuchar música, mirando las llamas del hogar. Mientras Jim Morrison cantaba 'enciende mi fuego', Ernest se quedó en silencio, mirando esos ojos brillantes, tan expresivos. De repente, sin previo aviso, le dio un beso apasionado. Volvió para atrás, momentaneamente arrepentido, pero Ludmila se le tiró encima y le devolvió el beso. A la mañana siguiente, cuando cantó el gallo, seguían abrazados juntos, desnudos sobre la alfombra de piel.

Arturo llegó a la casa cuando estaban tomando café y medialunas con dulce de leche. El chofer estaba listo para viajar, pero ahora Ernest no. Le explicaron a Arturo que Ernest se quedaría por unos días con Ludmila y que luego hablaría con la gente de Tandil. Le entregó una carta con sus disculpas y Arturo volvió al auto, riéndose. Ernest pensaba preocupado que era la primera vez que fallaba en un empleo, pero jamás había sentido algo así por una mujer y quería que esa sensación durase para siempre.

Pasó el tiempo y fue encontrando excusas para quedarse un poco más en la estancia. Ludmila convenció a sus padres de que contrataran a Ernest para hacer algunos estudios en los tambos y pudo adaptar su emisor de ondas para aumentar la producción de leche. El siempre fue un científico de laboratorio, y la oportunidad de desarrollar su creatividad en un proyecto dirigido por él mismo, le parecía superior a cualquier trabajo para exterminar plagas. Por eso, cuando Arturo, el chofer, volvió con una carta de la gente de Tandil, se sorprendió del tiempo que había pasado en la estancia: dos meses de trabajo y paseos con Ludmila. En la carta lo intimaban a completar su trabajo o reintegrar el precio del pasaje, más gastos, más intereses. De muy mala gana avisó a sus nuevos empleadores, los padres de Ludmila, que debía ir a cumplir con su obligación. Pero, otra vez, el destino quiso que se quedara en lo que ya consideraba su nuevo hogar. El abogado de la empresa familiar les aconsejó que les convenía tener la exclusividad de las técnicas innovadoras del Profesor Herrlin, y se hizo cargo de todos los problemas legales, dejando libre a Ernest para seguir con sus proyectos.

Pensaba que había llegado al colmo de su felicidad, cuando Ludmila le dijo que la empresa familiar, en vez de tener un nuevo integrante, iba a tener dos: estaba embarazada. Para un zoólogo era una oportunidad excelente para experimentar con la cría de la especie más compleja y difícil del planeta. Y no dejaba de divertirlo la ironía de que un experto en plagas terminara contribuyendo al aumento en población de la mayor plaga de este planeta.




 

Logo de Ubik World Domination