Una visita al dios del Fuego

por Fernando Bonsembiante



Podrías callarte y prestar atención? Ahora es el momento preciso silencio, paz y calma chicha, ni una ola en el horizonte, azul, silencioso, liso como un vidrio, con un olor húmedo, transparente, gritando calma, dejándose llevar por el balanceo del bote que nos lleva a ese lugar tan espcial dentro de nosotros vamos todos juntos hacia allá, sabemos muy bien que vamos a encontrar allí está nuestra paz interior, nuestra estructura de datos, nuestro hogar lejos del hogar, el bote nos lleva sin decir una palabra, sabe que no hace falta, el silencio de los botes, el silencio de las montañas, cómo será ser como una montaña, que los siglos pasen y todavía estar ahí, en perfecta estabilidad y seguimos navegando, la montaña nos espera paciente, inmutable, hace millones de años que nos espera y puede seguir esperando mientras nos preguntamos cómo es ser una montaña, cómo es ser el bote que va hacia la montaña, cómo es ser una montaña hacia la cual va, lenta e inexorablemente, un bote, que se mueve hacia arriba y hacia abajo mientras avanza en paz y calma, en armonía natural de sonidos que te envuelven, de repente te das cuenta de que tu corazón está latiendo y te preguntás si ese latido puede ser más lento, todos sabemos cómo hacer para respirar más despacio pero sabemos cómo hacer que el corazón vaya más lento, y también parpadeamos, y el ojo quiere estar cerrado, ahora nos acercamos más a la montaña y la vemos con los ojos cerrados, o abiertos, o parpadeando, pero el ojo quisiera tener nuestro permiso para cerrarse, cerrarse, cerrarse, como cuando dormimos en nuestra propia cama y sabemos que el sueño nos va a alcanzar como ahora estamos alcanzando esa montaña, que antes era tan lejana y ahora la tenemos enfrente, casi podemos tocarla y sentir esa calidez, la suavidad de las sábanas tibias, y vemos un punto negro, y nos acercamos a lo negro, que cada vez es un poco más grande, más acogedor, vemos con placer la entrada a una caverna, y decidimos entrar, el bote nos lleva, subiendo, bajando, sobre el agua cálida y dulce, nos hamaca suavemente, lánguidamente, y es como si el bote decidiera que entremos, nosotros nos dejamos llevar, más y más adentro, más y más, cada vez más adentro, adentro nuestro algo nos dice que estamos en nuestro lugar, adentro de la cueva adentro de la montaña adentro del mar, y ahora está todo oscuro, como si nuestros ojos al fin se hubiesen cerrado los ojos quieren descansar un poco, sólo un poco de descanso ahora estamos adentro de la cueva, dentro de la montaña, y sabemos que está bien, una montaña de paz, en un mar de tranquilidad, encontramos nuestro lugar especial.

El bote ya se detuvo, hay un muelle adentro, en la cueva, y caminamos unos pasos, sabemos que hay una escalera y bajamos por ella, uno, dos, tres escalones, abajo, vemos que el cuarto escalón es de mármol blanco como una almohada blanca, el quinto escalón, el sexto, el séptimo está cubierto por un musgo suave, como un terciopelo, el octavo, el noveno, el décimo escalón es el que nos deja totalmente relajados dentro de una sala cavada dentro de la montaña, dentro de la sala vemos un altar de piedra, en ese altar sabemos que se hacen sacrificios al dios del fuego, un dios cálido y poderoso, y ahí es cuando nos damos cuenta de que llevamos una carga, pesada, muy pesada, todo el tiempo, con nosotros, nos habíamos olvidado de esa pesada carga, sabemos que eso nos molestaba mucho porque la llevábamos a todas partes, un peso insoportable que ya no queremos llevar más, y ya sabemos a qué veníamos a la montaña, y sabemos qué hacíamos navegando en el bote, sobre el agua que se balanceaba de arriba abajo y arriba y sabemos por que bajamos la escalera hasta el altar de piedra, en le medio vemos un hueco, grande, lleno de hojas secas y musgo, golpeamos una piedra en el borde, saltan chispas, rojas, crepitantes, un olor a humo nos informa, el fuego está empezando a nacer, nubes negras de humo, llamas rojas, bailan entre las hojas secas, hasta que el calor nos invade con una sensación de seguridad y fuerza nueva que nos da ánimos para seguir adelante, y agarramos con firmeza esa pesada carga, es momento de dejarla ir, el fuego nos muestra el camino, depositamos nuestra carga en los hombros del fuego que la acepta como suya, y empieza a devorarla, nuestra vieja carga ahora está envuelta en llamas y sabemos que esto no es una muerte sino una transformación, el fuego purifica y transforma, pronto quedan sólo cenizas, humo, aire, nuestra antigua carga pesada vuelve a disolverse en sus componentes, vuelve al aire, a la tierra, al agua, parte se convierte en luz, parte en calor, y sentimos esa liberación, esa felicidad de estar más livianos, más limpios, más felices, viendo nuestra carga disolverse en el fuego para siempre.

Ahora, como ya cumplimos con nuestra misión, podemos subir los escalones com flotando, diez, nueve, ocho, una sesación de euforia empieza a subir por nuestro cuerpo, siete, seis, cinco, sentimos fuerzas desconocidas vibrando nuestro cuerpo ahora es más nuestro que nunca, cuatro, tres, dos, vemos más claro ahora, sin formas sin forma que oculten nuestra visión, uno y estamos de nuevo en la cueva bajo la montaña, en el bote, sobre el agua, y volvemos a nuestra vida habitual, que ya no va a ser como siempre, sino más liviana, más fácil, más parecida a la vida que realmente merecemos.



 

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