Arthur C. Clarke, fragmento de ´la ciudad y las estrellas´
 


 Contempló al robot que había traído de Lys, mientras buscaba el modo de dar el paso siguiente. Podía reaccionar violentamente si sabia lo que él estaba planeando, y era esencial, por lo tanto, que no oyera su conversación con la Computadora Central. - ¿Puedes establecer una zona de silencio? - preguntó. Percibió instantáneamente la inequívoca sensación de vacío, el blanco total de sonido que se producía cuando uno se encontraba dentro de tales zonas. La voz de la Computadora, curiosamente opaca y siniestra, dijo: --?Ahora nadie puede oírnos. Di lo que quieras. Alvin echó una mirada sobre el robot; no se había movido. Tal vez no tenía sospechas, tal vez él se equivocaba al atribuirle planes propios. Quizá lo había  seguido a Diaspar como cualquier sirviente fiel y confiado; en ese caso, los planes de Alvin parecerían una trampa muy sucia. - Ya debes saber cómo encontré  este robot - empezó Alvin -. Posee, sin duda, invalorable información sobre el pasado, desde los días en que esta ciudad, tal como la conocemos, no existía aún. Hasta puede saber de otros mundos, puesto que siguió al Maestro en todos sus viajes. Infortunadamente, sus circuitos parlantes están bloqueados. No sé hasta dónde llega el poder de ese bloqueo, pero te pido que los despejes. Su voz sonaba apagada y vacía, puesto que la zona de silencio absorbía cada palabra antes de que pudiera formar un eco. Esperó ansiosamente en aquel vacío invisible y sin resonancias, a que su pedido fuera satisfecho o rechazado. - Tus órdenes implican dos problemas - replicó la computadora -. Uno es moral, el otro técnico. Ese robot fue diseñado para obedecer Las órdenes de un hombre determinado. ¿Qué derecho tengo a invalidarlas, aun si puedo hacerlo? Alvin había  previsto esa objeción, y tenía varias respuestas preparadas. - No sabemos exactamente  en qué consistía la prohibición del Amo - replicó -. Si puedes hablar con el robot, tal vez lo convenzas de que ya han cambiado las circunstancias ?en las que el bloqueo le fue impuesto. Era, por supuesto, el enfoque obvio. Alvin lo había  intentado sin éxito, pero la Computadora Central, con sus recursos mentales infinitamente mayores, podía  lograr que él no consiguiera. - Eso depende por completo de la naturaleza del bloqueo - fue la respuesta -. Es posible instalar un bloqueo que borre el contenido de las células de memoria, en .caso de que se lo fuerce. Sin embargo, me parece difícil que el Maestro tuviera la suficiente habilidad como para hacer tal cosa; requiere técnicas especializadas. Preguntaré a tu máquina si se ha instalado un circuito eliminador en sus unidades de memoria.. - ¿No podría ocurrir que la eliminación se provocara. con sólo preguntar si existen circuitos eliminadores? - preguntó Alvin, alarmado. - Hay un procedimiento común para esos casos y es el que yo seguiré. Daré instrucciones secundarias ordenando a la máquina que ignore mi pregunta si el sistema, es de esa clase. Así resulta simple ponerla ante una paradoja lógica; desobedecerá sus instrucciones tanto si me responde como si no lo hace. En esos casos, todos los robots actúan de idéntica manera para su propia protección. Liberan los circuitos de entrada y actúan como si no se les hubiera formulado ninguna pregunta. Alvin lamentó haber planteado el tema, y, tras una breve vacilación, decidió adoptar las mismas técnicas, fingiendo que nunca había formulado la pregunta. Por lo menos, quedaba confirmado que la Computadora Central estaba preparada para manejar cualquier artimaña instalada en las unidades de memoria del robot. Alvin no deseaba que la máquina quedara reducida a un montón de chatarra ; antes bien, prefería devolverla a Shalmirane con, su secreto intacto. Esperó, tan pacientemente como pudo, mientras se producía el silencioso e impalpable encuentro de inteligencias. Era un contacto entre dos mentes, ambas creadas por el genio humano en los siglos dorados de sus :grandes logros, ambas más allá de la comprensión de cualquier hombre viviente. Varios minutos después, la voz hueca de la Computadora Central volvió a hablar. - He establecido un contacto parcial - dijo -. Al menos conozco la naturaleza del bloqueo, y creo saber por qué se instaló. Sólo hay un modo de quebrarlo. Este robot no volverá a hablar hasta que los Grandes regresen a la Tierra. - ¡Pero eso es una tontería! - protestó Alvin -. El otro discípulo del Maestro también creía en eso, y trató de explicar .cómo eran. No hizo sino divagar la mayor parte del tiempo. Los Grandes nunca existieron ni existirán Parecían haber llegado a un punto muerto, y Alvin sintió un amargo desaliento.Se veía privado de la verdad por los deseos de un hombre demente, muerto mil millones de años antes. - Tal vez tengas razón cuando dices que los Grandes nunca existieron - dijo la Computadora Central -. Pero eso no significa que no existan en el futuro. Hubo otro largo silencio, mientras Alvin estudiaba el significado de ese comentario; en tanto, las mentes de los dos robots volvieron a establecer su delicado contacto. Y entonces, sin aviso de ninguna especie, se encontró en Shalmirane.

Nada había  cambiado desde la última vez; la gran concavidad de ébano absorbía toda la luz del sol, sin reflejar un destello. Estaba entre las ruinas de la fortaleza, frente al lago, en cuyas aguas inmóviles flotaba el pólipo gigante,.no ya bajo la forma de un ser organizado y sensible, sino en nubes de animálculos dispersos. El robot estaba aún ante él, pero no había señales de Hilvar. De todos modos, no tuvo tiempo de preguntarse qué significaba aquello, ni de preocuparse por la ausencia de su amigo: casi de inmediato ocurrió algo tan fantástico que borró de su mente cualquier otro pensamiento. El cielo comenzó a abrirse en dos. Una fina banda de oscuridad se levantó desde el horizonte hacia el cenit, y fue ensanchándose lentamente, como si la noche y el caos se abatieran sobre el universo. Inexorablemente, la banda se expandió hasta abarcar la cuarta parte del. cielo, A pesar de todos sus conocimientos sobre los hechos verdaderos revelados por la astronomía Alvin no pudo resistir la sobrecogedora impresión de que él y su mundo estaban cobijados por una gran cúpula azul, y que algo estaba penetrando en esa cúpula, proveniente del exterior. La banda nocturnal había dejado de crecer. Los poderes que la provocaran estaban observando el universo de juguete que acababan de descubrir, y tal vez conferenciaban entre ellos, para decidir si merecía  o no su atención. Bajo ese escrutinio cósmico Alvin no sintió alarma ni terror, Sabía que estaba cara a cara frente al poder y la sabiduría ante las cuales se puede sentir respeto,  pero no temor. Estaban decididos: malgastarían algunos fragmentos de la eternidad en la Tierra, en sus habitantes. Entonces penetraron por la ventana que habían abierto en el cielo. Se volcaron hacia la Tierra como chispas provenientes de alguna forja celeste Entraban en grupos más y más numerosos hasta que parecieron derramarse desde la altura como una cascada de fuego, para formar charcos de luz líquida al llegar al suelo. En los oídos  de Alvin, como una bendición, sonaron palabras que ya no eran necesarias para comprender: - Los Grandes han venido. El fuego lo alcanzó, pero no quemaba. Caía por doquier, llenaba el gran cuenco de Shalmirane con su resplandor dorado. Maravillado, Alvin notó que no era una corriente de luz informe, sino que tenía forma y estructura. Comenzó a resolverse en siluetas distintas, a reunirse en remolinos vertiginosos. Los remolinos giraban a más y más velocidad sobre sus ejes con sus centros elevándose hasta formar columnas dentro de las cuales Alvin pudo distinguir misteriosas formas evanescentes. De aquellos totems centelleantes brotó una leve nota musical, infinitamente distante, hechiceramente dulce: - Los Grandes han venido. Esa vez hubo una respuesta. Alvin oyó: - Los servidores del Maestro los saludamos. Esperábamos su llegada. Y supo que las barreras habían caído. En ese momento, Shalmirane y sus visitantes desaparecieron, y se encontró una vez más ante la Computadora Central, en las profundidades de Diaspar. Todo había sido sólo una alucinación no más real que el fantástico mundo de las sagas en el que pasara tantas horas de su juventud. Pero ¿cómo había sido creada, y de dónde habían surgido aquellas imágenes extrañas? - Era un problema desacostumbrado - dijo la suave voz de la Computadora  Central -. Sabia que el robot debía tener algún concepto visual de los Grandes. Si lograba hacer coincidir las impresiones sensoriales con esa imagen, el resto sería simple. Y cómo lo conseguiste? - Básicamente, preguntando al robot cómo eran los Grandes, y dando forma al esquema de sus pensamientos. El esquema era muy incompleto, y tuve que improvisar bastante Una o dos veces, el cuadro que yo creaba comenzó a apartarse mucho de sus conceptos, pero en esos casos pude notar la perplejidad del robot, y modificar de inmediato la imagen, antes de que empezara a sospechar. Sabrás que yo puedo emplear cientos de circuitos mientras que él sólo dispone de uno, y pasar de una imagen a otra con tanta rapidez que el cambio resulta imperceptible. Fue una especie de conjuro; logré saturar los circuito sensoriales del robot y sobrepasar sus facultades críticas. Lo que viste fue sólo la imagen final corregida, la que mejor se ajustaba a la revelación del Maestro. Fué elemental, pero bastó. El robot se sintió convencido de su autenticidad durante el tiempo indispensable para levantar el bloqueo, y en ese momento pude establecer completo contacto con su mente. Ha recuperado la razón y responderá a cuantas preguntas quieras plantearle. Alvin no salía de su aturdimiento; aún brillaba en su mente el resplandor de aquel apocalipsis ficticio, y no comprendía por entero las explicaciones de la Computadora Central. Pero eso no tenia importancia; se había realizado un milagro terapéutico, y las puertas del conocimiento estaban abiertas a su paso. Entonces recordó la advertencia de la Computadora Central, y preguntó, ansioso: -- ¿Qué ocurrió con las objeciones morales que tenías con respecto a desautorizar las órdenes del Maestro? - He descubierto por qué las impuso. Cuando examines su vida en detalle, como podrás hacerlo ahora, sabrás que afirmaba haber realizado varios milagros. Los discipulos le creían, y esa convicción acrecentó su poder. Pero todos esos milagros, por supuesto, tenían explicaciones simples, y en otros casos ni siquiera existían Me extraña que hombres inteligentes pudieran dejarse engañar en esa forma. - ¿Quieres decir que el Maestro era un impostor? - No, no es tan sencillo. Si hubiese sido sólo un impostor, no habría logrado tanto éxito, y su movimiento no hubiese durado tanto. Era un buen hombre, y muchas de sus enseñanzas eran sabias y auténticas, acabó por creer en sus propios milagros; pero existía un testigo capaz de refutarlos: el robot, que sabia todos sus secretos, que era su portavoz y su colega y que, sin -embargo, podía destrozar los fundamentos de su poder bajo un interrogatorio intenso. Por eso le ordenó no revelar sus recuerdos sino en el último día del universo, cuando llegaran los Grandes. Es difícil creer que un mismo hombre haya podido combinar a tal extremo el engaño con la sinceridad pero así fue. Alvin se preguntó qué sentiría el robot ante esa liberación de los antiguos votos. Debía ser una máquina lo bastante compleja como para sentir rencor. Tal vez estuviera furiosa contra el Maestro por haberla esclavizado e igualmente colérica por que Alvin y la Computadora Central la hubiesen obligado con artimañas a recuperar la normalidad. La zona de silencio quedó anulada ; ya no había  necesidad de secretos. Alvin, viendo que el momento esperado había  llegado por fin, se volvió hacia el robot para formularle una pregunta, la misma que venia acosándolo desde que escuchara la historia del Maestro. Y el robot respondió