Arthur C. Clarke, fragmento de
´la ciudad y las estrellas´
Nada había cambiado desde la última
vez; la gran concavidad de ébano absorbía toda la luz del
sol, sin reflejar un destello. Estaba entre las ruinas de la fortaleza,
frente al lago, en cuyas aguas inmóviles flotaba el pólipo
gigante,.no ya bajo la forma de un ser organizado y sensible, sino en nubes
de animálculos dispersos. El robot estaba aún ante él,
pero no había señales de Hilvar. De todos modos, no tuvo
tiempo de preguntarse qué significaba aquello, ni de preocuparse
por la ausencia de su amigo: casi de inmediato ocurrió algo tan
fantástico que borró de su mente cualquier otro pensamiento.
El cielo comenzó a abrirse en dos. Una fina banda de oscuridad se
levantó desde el horizonte hacia el cenit, y fue ensanchándose
lentamente, como si la noche y el caos se abatieran sobre el universo.
Inexorablemente, la banda se expandió hasta abarcar la cuarta parte
del. cielo, A pesar de todos sus conocimientos sobre los hechos verdaderos
revelados por la astronomía Alvin no pudo resistir la sobrecogedora
impresión de que él y su mundo estaban cobijados por una
gran cúpula azul, y que algo estaba penetrando en esa cúpula,
proveniente del exterior. La banda nocturnal había dejado de crecer.
Los poderes que la provocaran estaban observando el universo de juguete
que acababan de descubrir, y tal vez conferenciaban entre ellos, para decidir
si merecía o no su atención. Bajo ese escrutinio cósmico
Alvin no sintió alarma ni terror, Sabía que estaba cara a
cara frente al poder y la sabiduría ante las cuales se puede sentir
respeto, pero no temor. Estaban decididos: malgastarían algunos
fragmentos de la eternidad en la Tierra, en sus habitantes. Entonces penetraron
por la ventana que habían abierto en el cielo. Se volcaron hacia
la Tierra como chispas provenientes de alguna forja celeste Entraban en
grupos más y más numerosos hasta que parecieron derramarse
desde la altura como una cascada de fuego, para formar charcos de luz líquida
al llegar al suelo. En los oídos de Alvin, como una bendición,
sonaron palabras que ya no eran necesarias para comprender: - Los Grandes
han venido. El fuego lo alcanzó, pero no quemaba. Caía por
doquier, llenaba el gran cuenco de Shalmirane con su resplandor dorado.
Maravillado, Alvin notó que no era una corriente de luz informe,
sino que tenía forma y estructura. Comenzó a resolverse en
siluetas distintas, a reunirse en remolinos vertiginosos. Los remolinos
giraban a más y más velocidad sobre sus ejes con sus centros
elevándose hasta formar columnas dentro de las cuales Alvin pudo
distinguir misteriosas formas evanescentes. De aquellos totems centelleantes
brotó una leve nota musical, infinitamente distante, hechiceramente
dulce: - Los Grandes han venido. Esa vez hubo una respuesta. Alvin oyó:
- Los servidores del Maestro los saludamos. Esperábamos su llegada.
Y supo que las barreras habían caído. En ese momento, Shalmirane
y sus visitantes desaparecieron, y se encontró una vez más
ante la Computadora Central, en las profundidades de Diaspar. Todo había
sido sólo una alucinación no más real que el fantástico
mundo de las sagas en el que pasara tantas horas de su juventud. Pero ¿cómo
había sido creada, y de dónde habían surgido aquellas
imágenes extrañas? - Era un problema desacostumbrado - dijo
la suave voz de la Computadora Central -. Sabia que el robot debía
tener algún concepto visual de los Grandes. Si lograba hacer coincidir
las impresiones sensoriales con esa imagen, el resto sería simple.
Y cómo lo conseguiste? - Básicamente, preguntando al robot
cómo eran los Grandes, y dando forma al esquema de sus pensamientos.
El esquema era muy incompleto, y tuve que improvisar bastante Una o dos
veces, el cuadro que yo creaba comenzó a apartarse mucho de sus
conceptos, pero en esos casos pude notar la perplejidad del robot, y modificar
de inmediato la imagen, antes de que empezara a sospechar. Sabrás
que yo puedo emplear cientos de circuitos mientras que él sólo
dispone de uno, y pasar de una imagen a otra con tanta rapidez que el cambio
resulta imperceptible. Fue una especie de conjuro; logré saturar
los circuito sensoriales del robot y sobrepasar sus facultades críticas.
Lo que viste fue sólo la imagen final corregida, la que mejor se
ajustaba a la revelación del Maestro. Fué elemental, pero
bastó. El robot se sintió convencido de su autenticidad durante
el tiempo indispensable para levantar el bloqueo, y en ese momento pude
establecer completo contacto con su mente. Ha recuperado la razón
y responderá a cuantas preguntas quieras plantearle. Alvin no salía
de su aturdimiento; aún brillaba en su mente el resplandor de aquel
apocalipsis ficticio, y no comprendía por entero las explicaciones
de la Computadora Central. Pero eso no tenia importancia; se había
realizado un milagro terapéutico, y las puertas del conocimiento
estaban abiertas a su paso. Entonces recordó la advertencia de la
Computadora Central, y preguntó, ansioso: -- ¿Qué
ocurrió con las objeciones morales que tenías con respecto
a desautorizar las órdenes del Maestro? - He descubierto por qué
las impuso. Cuando examines su vida en detalle, como podrás hacerlo
ahora, sabrás que afirmaba haber realizado varios milagros. Los
discipulos le creían, y esa convicción acrecentó su
poder. Pero todos esos milagros, por supuesto, tenían explicaciones
simples, y en otros casos ni siquiera existían Me extraña
que hombres inteligentes pudieran dejarse engañar en esa forma.
- ¿Quieres decir que el Maestro era un impostor? - No, no es tan
sencillo. Si hubiese sido sólo un impostor, no habría logrado
tanto éxito, y su movimiento no hubiese durado tanto. Era un buen
hombre, y muchas de sus enseñanzas eran sabias y auténticas,
acabó por creer en sus propios milagros; pero existía un
testigo capaz de refutarlos: el robot, que sabia todos sus secretos, que
era su portavoz y su colega y que, sin -embargo, podía destrozar
los fundamentos de su poder bajo un interrogatorio intenso. Por eso le
ordenó no revelar sus recuerdos sino en el último día
del universo, cuando llegaran los Grandes. Es difícil creer que
un mismo hombre haya podido combinar a tal extremo el engaño con
la sinceridad pero así fue. Alvin se preguntó qué
sentiría el robot ante esa liberación de los antiguos votos.
Debía ser una máquina lo bastante compleja como para sentir
rencor. Tal vez estuviera furiosa contra el Maestro por haberla esclavizado
e igualmente colérica por que Alvin y la Computadora Central la
hubiesen obligado con artimañas a recuperar la normalidad. La zona
de silencio quedó anulada ; ya no había necesidad de
secretos. Alvin, viendo que el momento esperado había llegado
por fin, se volvió hacia el robot para formularle una pregunta,
la misma que venia acosándolo desde que escuchara la historia del
Maestro. Y el robot respondió