FABULAS DE SAMANIEGO. Fabulas 11 a 20. Primera Parte

De Felix María de Samaniego. (1745-1801).
Célebre poeta y escritor español, nacido em La Guardia, Alava.
Antes de morir hizo quemar sus obras; de ellas sólo nos quedan algunas en verso y en prosa, tales como Observaciones, Memorias de Cosme Samian, etc.; pero su popularidad se debe a sus fabulosas Fabulas Morales, conocidas en todos los pueblos de lengua Castellana; se caracteriza por su donaires, aguda intención y lenguaje castizo.


11- EL LABRADOR Y LA PROVIDENCIA

Un labrador cansado,
en el ardiente estío,
debajo de una encina
reposaba pacífico y tranquilo.

Desde su dulce estancia
miraba agradecido
el bien con que la tierra
premiaba sus penosos ejercicios.

Entre mil producciones,
hijas de su cultivo,
veía calabazas,
melones por los suelos esparcidos.

-Por qué la Providencia
-Decía entre sí mismo,-
puso a la ruin bellota
en elevado y preeminente sitio?

Cuanto mejor sería
que, trocando el destino,
pendiesen de las ramas
calabazas, melones y pepinos?-

Bien oportunamente,
al tiempo que esto dijo,
cayendo una bellota,
le pegó en las narices de improviso.

-Pardiez!- prorrumpió entonces
el labnrador sencillo.-
Si lo que fué bellota
algún gordo melón hubiera sido,

Desde luego pudiera
tomar a buen partido,
en caso semejante,
quedar desnarigado, pero vivo!

Aquí la Providencia
manifestar quiso
que a supo a cada cosa
señalar sabiamente su destino.

A mayor bien el hombre
todo est  repartido:
Preso el pez en su concha,
y libre por el aires el pajarillo.
 

12- EL PARTO DE LOS MONTES

Con varios ademanes horrorosos,
los montes de parir dieron señales;
consintieron los hombres temerosos
ver nacer los abortos m s fatales.

Después que con bramidos espantosos
infundieron pavor a los mortales,
estos montes, que al mundo estremecieron,
un ratincillo fué lo que parieron.

Hay auotores que en voces misteriosas,
estilo fanfarrón y campanudo,
nos anuncian ideas portentosas;
pero suele a menudo
ser el gran parto de su pensamiento
después de tanto ruido, sólo viento.
 

13- LOS NAVEGANTES

Llorabvan unos tristes pasajeros
viendo su pobre nave, combatida
de recias olas y vientos fieros,
ya casi sumergida,
cuando súbitamente
el viento calma, el cielo serena,
y la afligida gente
convierte el risa la pasada pena.
M s el piloto estuvo muy sereno
tanto en la tempestad como en bonanza.

Pues sabe que lo malo y que lo bueno
est  sujeto a súbita mudanza.
 

14- EL LEON Y LA ZORRA

Un León, en otro tiempo poderoso,
ya viejo y achacoso,
en vano perseguía hambriento y fiero,
el mamón becerrito y al cordero
que, trepando por  spera montaña,
huian libremente de su saña.

Afligido del hambre a par de muerte,
discurrió su remedio de esta suerte:
Hace correr la voz de que se hallaba
enfermo en su palacio y deseaba
ser de los animales visitado.

Acudieron algunos de contado;
mas como el grave mal que le postraba
era un hambre voraz, tan sólo usaba
la receta exquisita
de engullirse al monsieur de la visita.

Acércase la Zorra de callada,
y a la puerta asomada,
atisba muy despacio
la entrada de aquel cóncavo palacio.

El León la divisa, y al momento
le dice: -Ven ac , pues que me siento
en el último instante de mi vida!
Visítame como otros, mi querida.
-Como otros? Ah, señor; he conocido
que entraron, sí, pero que no han salido!
Mirad, mirad la huella!
Bien claro lo dice ella,
y no es bueno el entrar do no se sale!

La prudente cautela mucho vale.
 

15- EL PERRO Y EL COCODRILO

Bebiendo un Perro en el Nilo,
al mismo tiempo corría.
-Bebe quieto!, le decía
un taimado Cocodrilo.

Dijole el Perro, prudente:
-Dañoso es beber y andar;
pero, es sano el aguardar
a que me claves el diente?

Oh; qué docto perro viejo!
Yo venero su sentir
en esto de no seguir
del enemigo el consejo.
 

16- LA OVEJA Y EL CIERVO

Un celemín trigo
pidió a la Oveja el Ciervo, y le decía:
-Si es que usted de mi paga desconfía,
a presentar me obligo
un fiador desde luego
que no dar  lugar a tener queja.

-Y quién es ése? -preguntó la Oveja.
-Es un Lobo abonado, llano y lego.
-Un Lobo? Ya! Mas hallo un embarazo:
Si no tenéis mas fincas que él sus dientes
y tú los pies para escapar valientes,
A quién acudiré, cumplido el plazo?

Si quién es el que pide y sus fiadores
antes de dar prestado se examina,
ser  menor, sin otra medicina,
la peste de los malos pagadores.
 

17- EL TORRENTE Y EL RIO

Despeñado un Torrente
de un encumbrado cerro,caía en una peña
y atronaba el recinto con su estruendo.

Seguido de ladrones
un triste pasajero,
despreciando el ruido,
atravesó el raudal sin desaliento.

Que es común en los hombres
poseídos del miedo,
para salvar la vida,
exponerla tal vez a mayor riesgo.

Llegaron los bandidos,
practicaron lo mismo
que antes el caminante,
y fueron en su alcance y seguimiento.

Encontró el miserable
de allí a muy poco trecho
en Río caudaloso
que corría apacible y en silencio.

Con tan buenas señales
y el póspero suceso
del raudal bullicioso,
determinó vadearlo sin recelo.

Mas apenas dió un paso,
pagó su desacuerdo
quedando sepultado
en las aleves aguas sin remedio.

Temamos los pelígros
de designios secretos;
que el ruidoso aparato,
si no se desvanece, anuncia el riesgo.
 

18- EL TORDO FLAUTISTA

Era un gusto el oír, era un encanto,
a un Tordo, gran flautista; pero tanto,
que en la gaita gallega,
o la pasión me ciega,
o a Misón le llevaba mil ventajas.

Cuando todas las aves se hacen rajas
saludando a la aurora
y a la turba confusa, charladora,
le canta sin comp s y con destreza
todo cuanto le viene a la cabeza.

El flautista empezó: cesó el concierto:
los p jaros, con tanto pico abierto,
oyeron en un tono soberano
las folías, la gaita y el villano.

Al escuchar las aves tales cosas,
quedaron admiradas y envidiosas;
los jilgueros, preciados de cantores,
los vanos ruiseñores,
unos y otros corridos,
callan, entre las hojas escondidos.

Ufano el Tordo grita: -Camaradas,
no saben ni sabr n estas tonadas
los p jaros ociosos,
sino los retirados estudiosos!

Sabed que con un habil zapatero
estudié un año entero:
él, dale que le das a sus zapatos,
y alternando silb bamos a ratos.

En fin, viéndome diestro,
-Vuela al campo, me dice mi maestro,
y har s ver a las aves de mi parte.
Lo que gana el ingenio con el arte.
 

19- EL LEOPARDO Y LAS MONAS

No a pares, a docenas encontraba
las Monas en Tetu n, cuando cazaba,
un Leopardo. Apenas lo veían,
a los  rboles todas se subían,
quedando del contrario tan seguras,
que pudieran decir: "No est n maduras!"

El cazador astuto se hace el muerto
tan vivamente, que parece cierto.

Hasta las viejas Monas,
alegres con el caso y juguetonas,
empiezan a saltar: la m s osada
baja, arrímase al muerto de callada;
mira, huele y aun tienta,
y grita muy contenta:

-Llegad, que muerto est  de todo punto:
tanto, que empieza a oler el tan difunto.

Bajan todas con bulla y algazara;
ya le tocan la cara,
ya le saltan encima;
aquella se le arrima,
y haciendo mimos, a su mano queda;
otra se finge muerta y lo remeda.

Mas luego que las siente fatigadas
de correr, de saltar y hacer monadas,
lev ntase ligero
y, m s que nunca fiero,
pilla, mata y devora: de manera
que parecía la sangrienta fiera,
cubriendo con los muertos la campaña,
al Cid matando moros en España.

Es el peor enemigo el que aparenta
no poder causar daño, porque intenta
inspirando confianza,
asegurar su golpe de venganza.
 

20- EL ASNO Y EL LOBO

Un Burro cojo vió que le seguía
un Lobo cazador, y, no pudiendo
huir de su enemigo, le decía:
-Amigo Lobo, yo me estoy muriendo;
me acaban por instantes los dolores
de este maldito pie de que cojeo.

Si yo no me valiese de herradores,
no me vería así como me veo.
Y pues fallezco, sé caritativo;
s came con los dientes este clavo.
Muera yo sin dolor tan excesivo,
y cómeme después de cabo a rabo.

Oh!- dijo el cazador con ironía,
contando con la presa ya en la mano.-
No solamente sé la antomía,
sino que soy perfecto cirujano!

El caso es para mí una patarata:
La operación, no es m s que de un momento.
Alargue bien la pata,
y no se acobarde, buen jumento!-

Con su estuche molar desenvainado,
el nuevo profesor llega doliente;
mas éste le dispara de contado
una coz que le deja sin un diente.
Escapa el cojo; pero el triste herido
llorando se quedó su desventura.

-Ay, infeliz de mí! Bien merecido
el pago tengo de mi gran locura!

Yo siempre me llevé el mejor bocado
en mi oficio de Lobo carnicero!
Pues si pude vivir tan regalado,
Aque meterme ahora a curandero?

Hablemos con razón no tiene juicio
quien deja el propio por ajeno oficio.


Fabulas de Samaniego.