Importante: Estos cuentos están
escritos para ser escuchados, no para ser leídos visualmente. Puede
leerlos en voz alta o escuchar a alguien leyéndoselos.
Todos estos cuentos fueron leídos
en el programa ´Espantapájaros´, por FM En Transito
de Castelar, 93.7 FM, los jueves a las 23 horas, y conducido por Fernando
Bonsembiante.
Iba caminando, perdido, por el medio de un
bosque oscuro. Mientras caminaba podía oir el viento en las hojas
de los árboles, el suave sonido de sus propios pasos, era todo tan
silencioso que podía esuchar su propia respiración. Si prestaba
suficiente atención podía imaginarse que oía también
el suave ritmo de los latidos de su corazón. De repente, un nuevo
sonido se agregó a la armonía natural que lo rodeaba, unas
gotas que caían sobre las hojas, y el chapoteo de sus pies sobre
el suelo,. Mientras caminaba las gotas empezaron a sonar más y más
fuerte y de repente estaba rodeado por el sonido del agua cayendo. Gotas,
algunas con sonido agudo, gotas, otras con sonidos graves, un ritmo rápido
como un rock aquí, un ritmo lento como un vals más allá.
De repente, los ecos de un trueno explotaron a la distancia. Miró
hacia arriba y alcanzó a ver la luz de un relámpago por entre
las hojas verdes, iluminando las nubes lejanas con colores brillantes.
La luna empezaba a brillar cada vez menos luminosa, y las estrellas estaban
totalmente oscurecidas por las formas lejanas de las nubes negras de tormenta.
El bosque se convirtió primero en una masa de verde oscuro con blancos
chorros de agua colgando de las negras ramas. Enseguida todo pasó
a verse como sombras de distintos matices de gris, y le pareció
estar dentro de una película en blanco y negro. Forzando la vista,
a la distancia alcanzó a ver una chimenea de la cual salían
chispas rojas dibujando formas abstractas en el aire. Un humo azul que
formaba espirales desde una chimena blanca le mostró el lugar donde
se podía ver una casita gris, la que le hizo sentir nuevamente una
cálida seguridad. Avanzó trabajosamente hacia la casa por
el bosque húmedo, con la ropa fría y mojada pegándosele
al cuerpo, haciendolo sentir pesado, cada vez más pesado. El piso
estaba viscoso y resbaladizo y tenía que hacer grandes esfuerzos
para no resbalarse y mantener el equilibrio. El viento ya era una sensación
fría y molesta en su cara. Sentía cansancio y hambre, y a
medida en que sus pies lo empujaban hacia adelante sentía la urgencia
de llegar a un refugio agradable y seco. Ya frente a la puerta, puso su
mano sobre la madera rústica, sintiendo la textura del grano y siguiendo
las vetas de la madera con la yema de sus dedos. La empujó y no
sintió ninguna resistencia, por lo que, ya calmo y tranquilo, totalmente
relajado y en seguridad, entró decididamente y con firmeza en la
habitación. El aire era cálido, y estaba impregnado de un
olor dulzón a vegetales hervidos, probablemente con algo de carne.
Un aroma a incienso lo guió hacia una mesa sólida, que daba
la impresión de haber soportado el peso del tiempo. Una cálida
voz le dio la bienvenida. Sonaba como una persona muy tranquila y segura
de si misma, alguien a quien los años lo habían añejado
como a un buen vino, un vino rojo y de olor penetrante, como el que ya
estaba sirviendo en dos vasos mientras decía: "siéntese y
tome algo, la expresión que veo en su cara me suena a que debe estar
cansadísimo, además lo veo muy incómodo con esas ropas
mojadas y escucho claramente cómo las gotas de agua caen de su ropa
al piso. Siéntese frente la cálida y crepitante luminosidad
del fuego, mientras ve el silencioso bosque por la ventana y escucha caer
la cristalina lluvia afuera;... y sienta esa clama,... y la seguridad...
de estar en un lugar amable, cálido y armonioso como es mi hogar.
Puede detenerse a oler el rojo vino que acabo de servirle, y beberlo lenta
y pausadamente,... en silencio,... silencio interno... la mente se detiene...
mientras se relaja para escuchar y aprender, realmente aprender, lo que
tengo que decirle. Yo también fui joven una vez, hace mucho tiempo,
y tuve un maestro al que yo respetaba mucho y que siempre me hacía
sentar fente a él y me hablaba, como ahora yo te estoy hablando
a vos:... Y decía:... Una vez fuiste un bebé, pequeño,
inocente, vulnerable, sin ningún conocimiento. Todos a tu alrededor
hablaban y vos no tenías idea de qué significaban esos sonidos.
Todo lo que sabías hacer para llamar la atención de tus padres,
cuando tenías hambre, sueño o frío, era llorar. Los
sonidos que escuchaban eran tan complejos que parecía imposible
entenderlos alguna vez, y mucho menos llegar a dominarlos tanto como para
hablar por vos mismo y pedir las cosas por su nombre. Pero un día
todo empezó a tener sentido, reconociste tu propio nombre, aprendiste
que si decías 'papa' o 'mamá' podías llamar la atención
de tus padres mucho más fácil que llorando, y los avances
fueron tán rápidos que en nada de tiempo podías hacerte
entendr sin problemas. Ese conocimiento te acompañó durante
todo tu vida, y te fue útil en tantas ocasiones que ya olvidaste
lo difícil que parecía al principio, y ahora podés
hablar y entender lo que te dicen sin prestarle más atencion que
al respirar o al latir de tu corazón. Ahora quisiera que aprendas
algo que también te va a servir durante toda tu vida, y es algo
a lo que tenés que prestarle tan poca atención como a respirar
o a hacer latir tu corazón. Es algo que aprendí de un viejo
libro mágico, y que siempre me sirvió para resolver esos
problemas que te darían dolor de cabeza de sólo pensarlos,
o cosas tan complicadas que nunca puedo terminar de entenderlas. El libro
decía que hay cosas que solamente pueden ser entendidas en un sueño,
y que la solución sólo puede aparecer en forma casi mágica,
al despertarnos después de una noche de sueño profundo, un
sueño poblado de personajes y situaciones que nos ayudan a solucionar
nuestros problemas. El libro decía que podías preparate a
tener seis sueños, en seis noches consecutivas. Los seis sueños
van a ser en realidad el mismo sueño. Quizá tengan distintos
personajes, distintas situaciones, quizá pasen en distintos lugares,
pero en realidad los seis sueños van a ser el mismo sueño.
El primero de esos sueños no lo vas a entender, van a pasar demasiadas
cosas en ese sueño y va a ser muy complicado. El segundo sueño
tampoco lo vas a poder entender, pero muy adentro tuyo vas a saber que
las cosas van a empezar a sumarse de tal forma que va a empezar a formarse
una comprensión del problema, una comprensión que no vas
a poder expresar ni pensar cuando estés despierto, pero que cuando
estés dormido y soñando va a empezar a formar la resolución
de tu problema. El tercer sueño va a ser más claro, menos
confuso. El cuarto sueño ya va a ser más fácil de
entender, mucho más claro. Cuando te despiertes del quinto sueño
vas a tener esa impresión de tener la solución en la punta
de la lengua, ya vas a estar por ver la luz al final del túnel,
vas a estar tan cerca de resolver el problema que casi vas a poder tocar
la solución... El sexto sueño va a ser mágico... El
significado de los seis sueños va a salir a la superficie como una
burbuja que explota en el agua, vas a sentir la seguridad de ver claramente
y con armonía la solución al problema, que ya no va a ser
más un problema, sino que va a ser una solución, una nueva
oportunidad de aprender y crecer. Y vas a notar cómo tu vida va
a ser más agradable y completa después de estos seis sueños
mágicos.
...
Eso es lo que me enseñaba mi maestro,
y siempre me dio resultado, ni siquiera tenía que acordarme de empezar
a soñar, me pasaba que cada tanto, cuando lo necesitaba, me despertaba
con la solución a un problema aunque a veces ni siquiera sabía
que tenía un problema, sólo esa sensación de tristeza
o de ansiedad que indican que algo anda mal, algo que puede solucionarse
o mejorarse.... Siempre me acordé con gratitud de mi maestro que
me ayudó a vivir una vida más digna de ser vivida.
Y así terminó de escuchar el
relato del viejo, y entonces se fue, ya seco y comfortable, nuevamente
a su casa, haciéndose la promesa de volver a visitar al viejo en
la casita del bosque cada tanto para aprender cosas nuevas. Sabiendo que
había aprendido algo importante salió caminando por el bosque,
lentamente, pensando en sus cosas, y volvió a su casa sintiéndose
maravillosamente bien..
El mar era su casa. Ya no podía
recordar la primera vez que se había subido a un barco. Le gustaba
navegar, esa soledad que muchos no entendían. Pero jamás
se está solo en el mar. Algo con lo que siempre se puede contar
es con ese murmullo del mar, el sonido de las olas que jamás se
calla. Uno aprende primero a ignorar ese sonido, y luego aprende a amarlo.
Muchos lo llamarían ruido, las olas golpeando entre sí, el
sonido del mar contra el barco, gotas que saltan y caen nuevamente con
un murmullo infinito. Ese murmullo aparentemente no tiene sentido, pero
con el tiempo se aprende la verdad. Uno está rodeado de voces, voces
que te hablan, que te llevan a la calma, a la tranquilidad, voces, una
voz que te habla directamente, y escuchás al mar y entendés,
entendés que un ser más antiguo que cualquier ser que conozcas
o haya sobre la tierra te está hablando. Y ese ser te dice que aprendas
a valorar esa calma, esa tranquilidad, esa paz interior, y que aprendas
a escuchar las otras voces que te rodean, prestar atención, aprender,
realmente aprender, del sonido del viento sobre las olas, del sonido de
las gaviotas, del sonido del barco, la sinfonía de sonidos que siempre
nos acompañan pero nunca les llegamos a prestar atención.
Si sólo por un momento pudiéramos detener la mente, y escuchar,
realmente escuchar, oiríamos esa voz dentro nuestro que nos habla
con una sabiduría que ya está casi olvidada. Es una voz que
nos habla desde el infinito, en el mar es fácil, muy fácil
llegar al infinito, escuchando las olas, escuchando esas gotas de agua
que caen, forman una espuma blanca, que ves ir y venir por el azul verdoso
del mar, ese azul verdoso que se hace azul celeste mucho más allá,
adelante, en el horizonte, esa línea recta que está, justamente,
en el infinito, una línea que divide el azul celestial del azul
profundo del mar, esa línea con manchas blancas, nubes, con formas
caprichosas, pero, que igual que el mar, esas formas blancas y grises,
lejanas, también tienen algo que mostrarnos.
Así, mirando el horizonte lejano,
mirando esas formas, recordaba, veía con el ojo de la mente un tiempo
pasado, lejano en el tiempo como en el espacio, veía el mar, veía
unos acantilados, veía una casa, veía un fuego dentro de
la casa, veía esas formas que dibujaban las llamas, como un animal
vivo, devorando la madera, llamas rojas, algunas azules, chispas saltando
y girando por el aire, dibujando formas, espirales, líneas rectas,
las sombras de la casa bailando a su alrededor, recordaba, iluminado sólo
por ese fuego, esa luz danzante, una luz que iba y venía como el
mar. Recordaba el blanco amarillento y viejo de un libro, se veía
a si mismo girando las páginas, contemplando los grabados de color
negro y pintados con infinitas líneas finísimas, recordaba
el libro claramente, la textura del papel en sus manos, el olor ligeramente
húmedo, con algo de polvo, el peso del libro en sobre sus piernas,
esa sensación de calma, de seguridad, el peso de su propio cuerpo,
el calor del hogar, el suave aroma a humo, la tranquilidad que sentía
mientras tenía ese libro en las manos, la seguridad, la calma, la
felicidad.
Recordaba que el libro trataba sobre
un explorador, alguien que recorría infatigablemente el mundo buscando,
sin cansarse, sin dejarse llevar por el abandono, alguien con el peso de
una misión sobre sus hombros, alguien con la fuerza necesaria para
empujar cualquier obstáculo que impidiera su camino. Recordaba especialmente
un capítulo, donde el explorador había sido arrastrado por
las circuntancias a un lugar perdido, olvidado, sentía la soledad
y el infinito cansancio de su viaje sin fin. En esa incómoda situación
en la que se encontraba, había conocido a una persona que le hacía
sentir bien, que le ayudaba a levantar de sus hombros buena parte del peso
de su viaje. Esa persona podía sentir adentro suyo, sin dudas, que
el explorador estaba buscando algo, algo que el mismo no conocía,
que ni siquiera sabía que estaba buscando. El verdadero problema
que le hacía sentir esa fría incomodidad era otro. Había
notado que, en sus sueños, el explorador se agitaba, se movía
como peleando con algo invisible, algo se agitaba adentro suyo, algo que
no sabía cómo controlar.
Esta persona, con la sabiduría
que sólo pueden tener los verdaderos puros de espíritu, le
había enseñado algo. Muchas veces, cuando el explorador estaba
como ausente, pensando en algo que le incomodaba demasiado como para pedir
ayuda, había visto que sus ojos miraban al infinito. Una vez le
preguntó qué veía cuando miraba al infinito, y el
explorador le contó qué era eso que veía y le preocupaba
tanto. Entonces le dijo que seguramente esa imagen estaba demasiado cerca,
demasiado presente, le dijo que, con la mano de su mente, empuje esa imagen
hacia atrás hasta que su tamaño sea manejable. Si bien al
principio le costaba entender qué significaba eso, probando descubrió
que si realmente, literalmente, empujaba esa imagen hacia atrás
podía darle un tamaño manejable, hasta sentirse cómodo
con esa imagen y podía dejarla en un lugar que le permitía
ver ese problema con claridad. A veces esa imagen tenía sonido,
y también descubrió que podía hacer lo mismo con esos
sonidos, bajarles el volúmen hasta que se convirtiesen en un murmullo
tranquilizador, o reemplazarlos por el murmullo del mar, o agregarle palabras
que le hacían sentir mejor, más cómodo y más
seguro. También descubrió que a veces estaba tan metido en
esa imagen de sus problemas que no podía verse a si mismo solucionarlos,
y, simplemente, debía dar un paso hasta pararse atrás de
si mismo, y verse a sí mismo en esa situación molesta, desde
afuera, desde arriba, o desde atrás, más lejos o más
cerca, y así podía tener una nueva perspectiva sobre su problema.
No recordaba cuál era el problema
del explorador, aunque recordaba el libro con exactitud, también
recordaba la casa donde lo había leído, sobre esos acantilados,
frente al mar, un mar igual al que ahora enfrentaba en su barco, todos
los días, como hoy, que miraba el horizonte y recordaba, mientras
oía el ruido del mar y las olas, y recordando podía sentirse
maravillosamente bien, despierto y alerta nuevamente, llevándose
esa calma y esa paz y esos aprendizajes, adonde fuera que realmente los
necesitara.
Siempre le pasaba lo mismo. Cuando se
aburría se ponía a soñar. No podía controlarlo.
Como si algo o alguien muy dentro suyo no pudiese quedarse quieto, como
si su mente no pudiese descansar, como si no pudiera relajarse, realmente
relajarse, algo le impedía quedarse simplemente en blanco cuando,
por ejemplo, viajaba en tren, esperaba un colectivo, o estaba en un ascensor.
Por ejemplo, el otro día había salido de una reunión
pesada, muy pesada, en un edificio alto, de 25 pisos. El estaba justamente
en el piso más alto, y volvió al ascensor, y lo tomó
solo, el ascensor estaba vacío. Lo único que había
por hacer era mirar los números de los pisos. Era un panel que estaba
arriba, a su izquierda. Los números eran rojos, gigantes, muy visibles,
era imposible no verlos, ahora estaban marcando el número 25, un
número 25 enorme y rojo. El ascensor empezó a bajar, lenta-mente,
pausada-mente, lánguida-mente. Era imposible no sentir que la mente
empieza a flotar, la atención se fija en los números, 24,
23, 22, y la mente se detiene, el mundo exterior es demasiado aburrido,
21, 20, la atención se enfoca hacia adentro, 19, 18, empezás
a flotar, simplemente flotar, 17, 16, te dejás llevar, 15, como
esa vez que lo llevaron a un viaje largo en auto, 14, contando los postes
que pasaban, 13, 12, nada que hacer, sólo dejarse llevar, 11, se
imaginaba que flotaba, el cuerpo no pesa, 10, 9, y es fácil flotar,
volar, como en un sueño, 8, 7, lentamente, tranquilamente, pausadamente,
6, 5, 4, las paredes del ascensor desaparecen, se funden, 3, 2, y estás
rodeado de un color azul celeste, 1, 0, el ascensor se abre y no estás
en el nivel del suelo, estás rodeado de azul, rodeado de cielo.
Abajo tuyo, a lo lejos, ves una gran
cantidad de algodon, blanco, suave, silencioso,... son nubes. Bajás
suavemente, con total calma y seguridad hacia esa gran cama gigante, como
cuando eras chico y querías dormir en la cama de tus padres, blanca,
grande, suave, cálida y silenciosa, una cama del tamaño de
una ciudad, ves como vas bajando sobre esas sábanas blancas y arrugadas,
y sentis esa paz, y flotas, sólo flotás sobre esa gran sábana
blanca. Te asomás por un agujero entre dos nubes y ves, allí
abajo, muy lejos, en el suelo, una escena conocida. Un momento feliz, de
alegría, seguridad y confianza, una escena de cuando eras muy chico,
lo ves cada vez con más detalles, como si te acercaras. Podés
oír las voces, los sonidos, todo se torna tan real que podés
estar ahí, y sentir, sentir realmente sentir esa sensación
de calma, seguridad, paz, saber que todo está bien y puede seguir
así para siempre. Y llevándote esa sensación hacia
las nubes nuevamente, podés seguir espiando hacia abajo, hacia otro
momento, que también pasó hace mucho, mucho tiempo, pero
que de alguna manera todavía te persigue, un momento en que no había
tanta felicidad, una vez que te dijeron que te portaste mal, que te castigaron,
aunque ahora sabés que un chico nunca puede hacer algo tan terrible
que no se pueda olvidar, ahora podés ver por otro agujero de otra
nube, mirar, desde arriba, desde lejos, todavía teniendo ese sentimiento
del recuerdo feliz, ver esa imagen que antes traía des-confort,
y darse cuenta, realmente darse cuenta, de que lo que a un chico le parece
algo importante, visto ahora, desde arriba, con ese sentimiento de felicidad,
no tiene ya más poder sobre nosotros, nosotros somos dueños
de ese recuerdo, y ya será sólo un recuerdo gracioso, tonto,
algo para contar a los demás y reírse, incluso es tán
fácil verlo como si estuviésemos en el cine, ver ese recuerdo
lejano desde arriba, verlo de principio a fin, y cuando llegamos al fin,
volver la película hacia atrás, en reversa, todo se mueve
al revés, de fin a principio, rápido, cada vez más
rápido, hasta que no quede nada que nos haga sentir des-conformes.
Así soñaba cada vez que
estaba en un ascensor, esperando un colectivo, o viajando, y era raro,
esos sueños le hacían sentir una calma, una tranquilidad,
salía sintiéndose maravillosamente bien, relajado y listo
para la acción.
Iba caminando solo por la playa. Era
temprano, muy temprano, recién empezaba a verse algo de luz, el
sol todavía no había salido. En la penumbra, caminaba, y
seentía la suave arena mojada bajo sus pies descalzos. Por momentos
las olas que llegaban a la playa lo mojaban, empujando sus pies con una
suave fuerza. Cuando las olas se retiraban, sentía cómo el
viento secaba sus pies, una sensación fría en esa cálida
mañana de verano. Con cada paso se hundía un poco en la arena,
y le parecía que la playa no quería que se mueva, quería
que se quede quieto y tranquilo, la playa quería que sus pies se
detengan como si eso pudiese lograr que su mente se detenga, sentía
esa succión de la arena bajo sus pies, el mar que lo empujaba a
detenerse, el viento que lo acariciaba suave-mente, invitadora-mente. Sólo
era posible pensar pensamientos pacíficos, tranquilos, suaves, la
mente quieta, los pies pesados, muy pesados, invitaban a detenerse, sentarse
frente al mar, oliendo ese aroma a salado, a yodo, a pescado, que traía
el viento, podía oler ese olor a mar cada vez que caía una
ola, con ese ruido suave, monótono, constante, el ruido del mar.
Podía también escuchar
los pájaros, gaviotas, a lo lejos oía las voces de los pescadores,
sobre todo, era todo ruido, ruido a mar, un ruido eterno, un sonido que
jamás había terminado, un sonido antiguo, millones de años
de sonido, hay quienes dicen que el sonido del mar oculta, o mejor, que
contiene, todos los sonidos posibles, un ruido que es la suma de todos
los ruidos, podés oír voces, los cantos de las sirenas, sirenas
que habían hechizado a un marinero como Ulises, hechizo que le hizo
olvidar, por única vez en su largo viaje, a su familia tan lejos,
en su hogar, había olvidado por un momento el único motivo
de su viaje, volver con los que amaba.
Ese ruido, dicen los que saben, se llama
ruido blanco, porque es, precisamente, como el color blanco, la suma de
todos los colores. Blanco, como las nubes lejanas que empezaban, en ese
preciso momento, a iluminarse por el sol, un sol amarillo, lejano, un rojo
con nubes blancas, que se convierte en un cielo azul si miramos lejos del
sol.
Así, mirando el sol, mirando
las nubes lejanas, mirando el mar, mirando las olas, podía imaginarse
que esa playa no estaba ni aquí ni ahora, sino que era otra playa,
una playa en áfrica, quizá, hace cientos de miles de años,
y podía ver unos monos, monos muy extraños, casi sin pelo,
de un color oscuro, caminando en forma casi vertical, casi parados, caminando
por la playa, y darse cuenta, realmente darse cuenta, de que estaba
viendo a sus tatara-tatara-abuelos, sus antepasados, que eso era un recuerdo,
un recuerdo que no estaba en su mente, sino en sus células, en su
ADN, es su código genético, podía recordar claramente
y ver en su mente cómo habían sido las cosas hace tanto tiempo,
cuando la humanidad recién nacía, y hacía sus primeros
pasos en una playa africana, pero eso no era todo, porque si quería
podía seguir hacia atrás, y así, mirando el mar, podía
ver más lejos todavía, hacia el horizonte, hacia el pasado,
lejano, hace millones de años, cuando lo únco vivo en la
tierra era el mar, ese mismo mar que ahora tenía adelante, el cielo
era distinto, el aire todavía no tenía oxígeno, porque
las plantas todavía no existían, el planeta no era verde
como ahora, el mar era una gran sopa, un enorme experimento químico,
gigante, con millones de moléculas, átomos, compuestos químicos
diversos, hasta que uno de esos compuestos químicos pudo aprender,
por primera vez, aprender a hacer copias de si mismo, generar otro compuesto
químico similar a él, reproducirse y llenar la tierra, tomar
químicos de la sopa, que es el mar, y crecer, multiplicarse, dos
moléculas iguales, cuatro moléculas iguales, ocho moléculas
iguales, dieciseis, treinta y dos, moléculas iguales, rápido,
muy rápido, hasta comerse todo el mar, hasta tomarse toda la sopa
sin dejar nada de nada, y luego, de postre, comerse la parte seca del mundo.
Y ahora que ya se terminó el
postre, y todavía tiene hambre, ya está pensando, porque
ahora también aprendió a pensar, está pensando en
comerse la luna, comerse a marte, al sistema solar, la galaxia, el universo,
porque nunca se puede estar satisfecho, siempre se puede crecer un poco
más, reproducirse un poco más, llegar un poco más
lejos, más allá. Y mientras ves esa molécula aprendiendo,
aprendiendo a reproducirse, a comer, a crecer, te das cuenta, realmente
te das cuenta, de que esa molécula es la madre, la madre de todo
lo vivo sobre la tierra, la madre tuya, mía, de él, de todos
y de todo. Y viendo esa molécula madre nos damos cuenta, de que
en realidad no somos más que una gran familia, la familia de la
Tierra, que somos todos hermanos, hijos de esa molécula original,
que la tierra no es más que un organismo vivo, una sola cosa, la
unidad de todo lo que vive sobre este planeta, un solo ser, con muchas
formas, como un hormiguero lleno de hormigas, cada una cumple una función
específica, y reconocen la unidad indivisible del hormiguero, como
una sola entidad viviente.
Por eso, podía permitirse sentir
esa fuerza cósmica, universal, esa energía que lo rodeaba
y de la cual formaba parte, podía permitirse sentirse uno con todo
lo vivo, uno con el universo consciente, sentirse uno con el universo sensible,
y, de esa forma, llevándose ese sentimiento de unidad, de paz interior,
podía encontrarle sentido a todo, y volver caminando por la playa,
volver a su casa, volver a su familia, y sentir esa maravillosa sensación,
y darse cuenta de que en ese marco de millones de años, millones
de años luz de distancia, un universo que parece infinito, un tiempo
que parece infinito, todo toma, automáticamente, la proporción
que tiene, en relación a esa realidad infinita, y sabemos, por fin,
sabemos que somos una gota in-significante de ese océano, una gota
al fin, parte de un océano infinito, una parte tan importante como
cualquier otra parte, y todo toma sentido, y con ese sentido volvía
a su casa, y los problemas ya no eran problemas, en esa perspectiva cósmica,
sino oportunidades para explorar y aprender.
Mientras estaba escuchando la radio,
y escuchaba esa voz, podía sentir el peso del cuerpo, y la temperatura
del aire, aunque no quería distraerse de lo que estaba escuchando,
podía oír claramente el ruido de fondo y el sonido de mi
voz, sus ojos vagabundeaban por su alrededor, sin hacerle caso a su voluntad,
y notaba el color de la piel y la intensidad de la luz, no podía
dejar de pensar en la respiracion y los procesos digestivos, era consciente
del cambio de foco de los ojos y el parpadeo, aunque no quisiera podía
sentir la dilatacion y contracción de las pupilas, sabía
el motivo del movimiento del aire y su transparencia, sentía la
urgencia, la necesidad de prestar atencion, estaba totalmente seguro de
la necesidad de alimentarse y de beber, incluso le pesaba el conocimiento
de tener dos ojos y dos oidos, podía, aunque no quisiera, entender
lo que digo y escuchar lo que digo, ya había leído el diario
de hoy aunque todavía no leyó el diario de ayer, en el diario
hablaban de la luz que me ilumina y en la radio mostraron el sonido que
me envuelve, sabía el motivo del cansancio del día y eso
le llevaba a un sentimiento de bienestar y de calma, como sentir la sensacion
del paso del tiempo o sentir la sensacion de que el tiempo no pasa, lo
acompañaba a donde fuera una voz en su cabeza, tan real como una
voz fuera de su cabeza, voces que le hablaban de la calma y el relajamiento,
voces que le hacían sentir los dedos de la mano y los dedos de los
pies, era inevitable, necesario, importante, urgente, sentir interés,
era algo tan cierto como oir la respiracion y los latidos del corazón,
lo sabía con la misma certeza de saber lo último que comió,
como saber mi nombre, algo tan obvio, simple y cotidiano como saber
que tengo uñas y pelos, o como saber que estoy escuchando, era algo
tan importante y fácil como conocer el gusto del agua, conocer el
color del cielo, o conocer el sonido del viento, o como conocerme a mi.
Por supuesto, después de todo
esto quedaba mareado, confundido, demasiados estímulos a su alrededor,
un mundo, un universo, infinito, si trataba de capturar la realidad, simple,
cotidiana, que lo rodeaba, era imposible, nunca podría terminar,
cuanto más trataba de estar consciente de lo que lo rodeaba, más
y más el mundo parecía perder importancia y desaparecer,
el único recurso, la única defensa contra la saturación
de los sentidos era, justamente, apagar todos los sentidos y pasar a su
interior, entrar a la casa que era su mente, prender la calefacción,
y olvidarse de todo, olvidarse de lo que lo rodeaba, olvidarse del mundo,
olvidarse de sus problemas, y sentir esa calma y seguridad, sentirse como
dentro de una gran caverna, cálida, cómoda, oscura, segura,
muy segura, como flotando en el agua, flotando, en un líquido caliente,
una luminosidad rosada, flotando, seguro, cómodo, confortable, flotando,
sólo flotando, nada que hacer, sólo escuchar, escuchar sonidos,
escuchar voces, escuchar música, en comfort y en seguridad, y olvidarse
de todo, y sólo pensar, pensar en que las cosas pueden ser distintas,
en que ese sentimiento de calma y seguridad puede durar toda la vida, un
pensamiento cálido en un día frío, una sensación
de comfort en el des-confort, sabiendo, que sola-mente en esa casa, hay
muchas habitaciones, habitaciones que no conocía todavía,
habitaciones llenas de cosas, cosas que todavía no conocés
del todo, pero que están, y pueden servirte para mejorar tu vida,
esas cosas son un tesoro, un tesoro que tenés y no conocés
bien, pero que lo tenés y es tuyo, y lo podés usar, un tesoro
que te acompaña a todas partes, un tesoro que nadie te pude robar,
porque es tuyo y es parte tuya, y siempre va a estar con vos, sólo
hay que abrir la puerta, entrar en la habitación cerrada, y usar
ese tesoro, ahora, sabía que podía estar tranquilo, en calma,
y en seguridad, dentro de esa casa, un lugar para explorar.
Estaba cansado. Muy cansado. El día
había sido largo, agotador. Desde la mañana se había
arrastrado por entre la gente, sentía su propio cuerpo como una
molestia, pesado, lento. Había hecho bastante calor, a pesar de
ser invierno. Sentía la humedad que se le pegaba al cuerpo, sentía
su respiración pesada, lenta. Después de la tensión
del día se le hacía difícil entrar en la calma, en
el relajamiento, en la quietud. Sólo quería dormir, sentir
las suaves sábanas, apoyar la cabeza en la almohada y olvidarse
de todo. Podía cerrar los ojos, respirar profundamente, y hundirse
en el colchón, protegido por las sábanas, sumergirse más
y más en un sueño profundo, un sueño de calma y relajación,
un sueño reparador, justamente, reparador de lo que se había
roto en el día.
Con los ojos cerrados, tratando de dormir,
oía claramente las canillas que goteaban, los autos y colectivos
que pasaban por la calle, oía su respiración, profunda, lenta,
tranquila y pausada, y oía con más claridad, ahora, esa voz
que lo acompañaba todo el día y que le decía qué
tenía que hacer. Podía oír a esa voz diciendo que
se calmase, que tomara las cosas con tranquilidad, que enfrentara sus problemas
relajado, que se desconecte por un rato de todo, le decía que se
enfoque para adentro y olvide sus problemas del día. Aún
así escuchaba una segunda voz, que le recordaba qué habá
salido mal en el día, le decía que habían cosas para
ajustar y mejorar, esa voz no quería que se quede dormido totalmente.
Así, con ese conflicto dentro,
podía dormir, pero no podía evitar pasar una película
dentro de su cabeza. En esa película podía verse a si mismo
dentro de un gran salon, iluminado por velas, un enorme candelabro lleno
de velas, cientos de velas, blancas, todas encendidas y emitiendo una luz
anaranjada, un salon con amplias paredes de madera, una gran alfombra roja,
y sobre la alfombra roja estaba él, sentado en un sillón,
un sillón verde, antiguo, con borlas de hilo blanco algo sucio colgando
de sus bordes, ese sillón estaba frente a una gran mesa redonda,
de madera, con rayas marrones oscuras y vetas casi negras, sobre la mesa
habían fotos, fotos de situaciones del día, cosas que le
habían molestado. Podía verse a él mismo viendose
a él mismo dentro de esas fotos, y se daba cuenta de que en realidad
la situación era más fácil de lo que parecía.
Cada vez que agarraba una foto, podía ver como una mini película
de lo que había pasado en esa situación, y podía pasarla
de adelante hacia atrás y de atrás hacia adelante, mirarla
desde todos los puntos de vista hasta que perdía casi totalmente
el significado. Así podía darse cuenta, mirando esa absurda
película, que en realidad había tratado de hacer lo mejor
posible en esa situación, y lo que le había molestado de
esa foto en particular había sido que no había logrado el
objetivo que deseaba en esa situación específica, así
que con cada foto se ocupó primero de buscar cual había sido
su intención, qué era lo que había querido lograr
con lo que hizo y que luego le molestó que no hubiese funcionado.
Sabiendo esa intención, era fácil usar toda su imaginación,
su creatividad, su locura, su inventiva, para buscar no una, sino cinco
formas distintas para lograr ese mismo objetivo. Claro que con todas las
fotos no podía llegar a cinco formas distintas de hacer lo mismo,
con algunas se podía imaginar sólo dos y con otras podía
imaginarse diez o más formas de hacer lo mismo, de llegar al mismo
objetivo de distinta forma. Algunas de las formas que se le ocurrían
eran ridículas o interferían con otras cosas que ya sabía
hacer bien, enseguida se daba cuenta de eso porque aparecía una
vocesita o una imagen o una sensación molesta que le indicaban que
había algo mal con esa alternativa, y que debía buscar otra.
Pero aún así, cada noche era capaz de revisar todos los eventos
del día, como fotos sobre esa mesa de madera, y encontrar nuevas
soluciones para los problemas de siempre, o para los problemas nuevos que
fueran surgiendo.
Y así al otro día se despertaba,
sabiendo que ese día podía ser mejor que el anterior, y sabiendo
que no importaba lo que pasara, a la noche, durmiendo, podía encontrarle
nuevas soluciones a los problemas del día y entonces aprender, realmente
aprender, de las oportunidades del día.
Había estado caminando por la
playa, poco antes de que se pusiera el sol. Mientras caminaba había
visto un barco cerca del horizonte. El barco era grande, blanco, y tenía
unas velas blancas enormes desplegadas. Mientras lo miraba, el barco se
había estado acercando, en la penumbra cada vez mayor, hacia la
playa, hacia donde estaba él. Cuando el barco estaba más
cerca suyo pudo ver que alguien estaba sacando pequeños botecitos
y los dejaba caer, suavemente, al agua. Desde donde estaba, en la playa,
no podía ver, aunque esforzara la vista, qué había
dentro de esos pequeños botecitos. Podía ver una especie
de bultos de colores claros, un color azul pastel, uno de un color rosado
claro, otro amarillo, pero era imposible saber qué había
adentro. Los botecitos se balanceaban con el movimiento del mar, subían
y bajaban, lentamente, bajaban y subían, el mar se movía
suavemente, como una gran cuna, subía, se retiraban las olas, bajaba,
las olas inundaban la orilla, y con cada subida, los botecitos, cinco eran,
dos azules, uno amarillo, uno rosa y uno verde, subían, y con cada
bajada del mar, los botecitos, todos con un bulto misterioso adentro, bajaban,
todos juntos.
Ese movimiento del mar, adentro, afuera,
adentro, afuera, le hacía pensar en algo, le recordaba algo que
hacía lo mismo, uno, dos, uno, dos, y mientras pensaba en que era,
su respiración se hizo más rápida, y el aire, de repente,
se puso pesado, frío, húmedo, y empezó a llover. El
agua caía encima suyo, lo mojaba totalmente, estaba fría,
agradable, el día había sido caluroso y la lluvia refrescaba
su cuerpo, la ropa mojada le pesaba, era molesta, le daba ganas de sacársela,
y eso hizo, metió todo en su bolso, mojado como estaba, y así
podía empezar a sentirse más liviano, con cada gota que caía
sobre su cuerpo, podía sentir el pequeño golpe hacia abajo,
podía sentir la humedad, el agua chorreando y bajando por su piel,
y se sentía cada vez más liviano, mojado y liviano, podía
imaginarse que podía volver a su casa flotando por el aire, volando,
flotando por encima de las nubes, y poder ver las estrellas brillantes,
de colores, por encima suyo, y la luna, luna llena, luminosa, con ese dibujo
oscuro sobre su superficie, que algunos decían que era un conejo,
y otros decían que era una niña con una carretilla, y abajo
suyo las nubes de lluvia, negras, y a lo lejos podía ver el mar,
en el horizonte, y ver el borde de las nubes en el punto en que se confunden
con el mar.
Al otro lado las nubes terminaban sobre
un campo, verde, oscuro, enorme, y si quería seguir subiendo podía,
porque era liviano, muy liviano, y podía ver el mundo desde muy,
muy arriba, y darse cuenta de que esa tormenta que veía abajo abarcaba
toda la costa, cien kilómetros de nubes paralelas a la costa, mojando
ciudades, campos, mojando hombres y mujeres, bebés, mojando kilómetros
y kilómetros de ruta, inundando casas y regando campos, mojando
por igual a todos. Y desde más arriba, la tormenta era sólo
un puntito, insignificante, y se daba cuenta de que sólo llovía
bajo esa, ahora pequeña, nube de cien kilómetros, y que el
resto del continente estaba seco, o había nubecitas insignificantes
como esa por otras ciudades, pequeñas nubes que cubrían países
enteros. Y si se movía hacia el oeste y seguía el sol, habían
partes del mundo en las que todavía era de día, en ese momento
era apenas pasado el mediodía en California y faltaba poco para
que terminara la noche en Tokyo, y llovía en la provincia de Buenos
Aires, y había sequía en Australia, y vientos huracanados
en el sur de Chile, y desde ahí podía ver una tormenta de
nieve en Alaska, y podía ver un volcán en erupción
en Hawaii, podía ver un incendio en Perú y una inundación
en Brasil, y, de repente, prefería mirar hacia arribe, hacia la
luna, donde no pasaba nada de nada, todo estaba quieto y tranquilo, en
calma, un pedazo de mármol, blanco, con manchas oscuras, flotando,
solamente flotando en el espacio, en medio del vacío, blanco sobre
negro, negro con puntos luminosos, de colores claros, dos puntos azules,
podían ser estrellas, un punto amarillo, quizá un sol lejano,
un punto rosa, grande, quizá era el planeta Marte, un punto verde
claro en la lejanía, todos llevando una carga de misterio, quizá
había gente también en esos lugares lejanos, quizá
habían tormentas, inundaciones, fuegos, volcanes, sequías,
el fuego quizá era verde y el agua era roja, quizá el mar
era amarillo y el cielo naranja, quizá tenían dos lunas violetas
o una pintada a rayas blancas y negras, con puntitos verdes.
Vuelvo al bosque
Por Fernando Bonsembiante
Ya había pasado algún tiempo
desde que había ido a la casita del bosque. Podía recordar
claramente el ambiente de esa cabaña, la luz temblorosa del fuego,
el sonido de la lluvia, la calidez, los aromas.
Otra vez caminaba por el mismo bosque,
silencioso, calmo y tranquilo. El bosque había cambiado desde la
última vez. Donde antes las hojas eran verdes, ahora eran amarillas,
antes, si miraba hacia arriba veía, un poquito de cielo cubierto
de nubes grises, entre las hojas verde oscuro, ahora veía mucho
más cielo, y las pocas hojas que quedaban eran de un color amarillo
o verde claro. Había mucha más luz ahora, y podía
ver claramente la vegetación del piso, de un color verde amarronado,
y algunos hongos que habían crecido con la lluvia, eran blancos,
blanquísimos, crecían en círculos, formando manchas
blancas casi regulares por todas partes. También sobre los árboles
crecían hongos, estos eran de un color marron clarito, y formaban
como techitos en los costados de los árboles, un grupo de hongos
o dos en cada árbol. Las ramas, ahora casi desnudas, se movían
suavemente con la brisa. No era un viento fuerte como la vez pasada, tampoco
llovía, sólo esa brisa que acunaba a los árboles,
lentamente, suavemente, daba ganas de dormirse abajo de esos árboles,
viendo las ramas moverse, moverse con suavidad, haciendo un sonido a viento
y hojas removidas, un sonido casi silencioso.
En ese silencio podía oír
el crujido de las ramas que pisaba, crick, crick, y a lo lejos oía
que unos pájaros conversaban sobre aerodinámica, coeficientes
de empuje de alas y otras cosas sin importancia. Oyendo a los pájaros
podía recordar cómo eran las mañanas en el campo,
una vaca a lo lejos, mugiendo, el canto de un gallo de vez en cuando, el
cacareo de las gallinas, era algo tan distinto a las mañanas que
recordaba de cuando tenía que ir al colegio, tenía en su
cabeza, todavía, la melodía del principio del programa de
radio que escuchaban sus padres, era curioso, podía recordarla perfectamente,
incluso podía cantarla, pero no recordaba exactamente la letra ni
tenía idea de cómo se llamaba, a pesar de que había
escuchado ese nombre miles de veces. Así, cantando por el bosque,
escuchando el sonido de su propia voz, caminaba alegremente por entre los
árboles, un paso, otro, un saltito para esquivar un tronco caído,
que había arrastrado con su enorme peso a otro árbol, sobre
el cual descansaba, una carrerita por una parte lisa, vacía de árboles,
incluso en un momento le dio ganas de subir a un árbol viejo, cansado,
con el tronco acanalado, que le hacía cosquillas al tacto, subió
ese árbol no sin esfuerzo, y quedó un rato descansando, apoyado
en una rama, con sus pies colgando y balanceándose a un metro del
suelo. Bajó con un salto, sintió sus pies hundiéndose
levemente en la tierra húmeda y esponjosa, sintió el peso
de su cuerpo sostenido por sus dos piernas, y se paró nuevamente
con un saltito, y siguó camino, más despierto que antes.
A lo lejos vió nuevamente la
casita, la casita gris, con la chimenea blanca y el humo azul saliendo
por ella, y sintió nuevamente una cálida seguridad mientras
se decía: 'aquí es'. Inmediatamente pensó en la cálida
y armoniosa voz del gris anciano que vivía ahí, y apuró
el paso. Pensaba en el sonido de esa voz, grave, musical, sonora, armoniosa,
y en su mente se formó la imagen de una manta, una manta cálida,
suave, de lana de llama, una manta que a lo lejos parecía gris o
blanca pero que de cerca estaba formada por infinidad de hilos de colores,
rojo, blanco, gris, negro, amarillo, una manta con olor suave, olor a abrigo,
olor a seguridad, olor a confianza, un olor también gris, y tambien
formado por olores rojos, olores blancos, grises, olores negros y amarillos.
Golpeó la puerta de madera marrón
con firmeza, y el sonido rebotó por todo el bosque.Con un suave
chirrido la puerta se deslizó suavemente hacia atrás revelando
una escena oscura, iluminada solamente por la crepitante luminosidad del
cálido fuego y por las silenciosas velas blancas que inundaban todo
con su luz suave. El anciano estaba ahí, le mostraba su mano y sin
pensarlo le respondió con un fuerte apretón, sintió
que su propia mano joven y blanca estaba fría, mientras que la mano
del anciano era cálida, con infinitas texturas, y se veía
como curtida por el tiempo, podía ver que era una mano que se había
curado de muchas viejas heridas dolorosas.
Entraron y se sentaron a la mesa, ahora
desnuda, donde antes había comido la sabrosa comida del anciano.
Sin darle tiempo a reaccionar, este hombre singular, que parecía
haber visto, oído y experimentado de todo en su larga vida, empezó
un nuevo relato.
"Una vez, yo fuí joven y tonto
como vos. Luché penosamente para poder ver el camino sobre el que
me deslizaría silenciosamente por la vida, cómodo, luminoso
y armonioso. Pero ese camino, no existe. Sólo una infinidad de caminos
que no llevan a ninguna parte. Era fácil pensar que la vida no tiene
sentido, cuando te escuchás, una y otra vez, repetir las palabras
'no veo una salida', y sentirse in-feliz. Es cómodo dejarse arrastrar
por la gris rutina, cuando las voces en tu cabeza se convierten en un ruido
de fondo al que no le prestás atención, pensás que
no tienen algo importante que decirte, ahora es fácil escuchar que
te digan que hay que aceptar las cosas como son y no intentar cambiarlas
para mejor. Una vez me dijeron, al oído, mientras viajaba en tren,
'lo que resistís persiste, lo que aceptás sos libre de cambiar',
y pensé mucho, mucho en esa frase. Es tán fácil estar
incómodo, sin ver claramente el futuro, y decirse 'esto va a ser
siempre así'. Es tán fácil decirse que la culpa de
nuestras molestias se ve claramente en el comportamiento de los demás,
así no hace falta cambiarlo, ahora podés pensar que los demás
están conspirando en contra tuya, así es tán fácil
seguir sufriendo inútilmente, en vez de pensar una solución.
En ese momento de mi vida decidí imaginarme a mi mismo, en el futuro,
30, 40, 50, 60, 70, 80, 90 años en el futuro, y lo que ví
no me gustó ni un poco, y me dije 'no me suena a una vida como para
vivir durante tanto tiempo'. Entonces imaginé otro futuro. Me vi
a mi mismo como un anciano gris, sentado frente a un fuego, crepitante,
luminoso, cálido. Traté de imaginar los sentimientos de ese
anciano que soy yo, y de diseñarle un futuro feliz. Imaginé
que ese anciano necesitaba gente que lo ayude y le haga sentir bien, así
que vi hijos, hijas, nietos, nietas, bis nietos y bis nietas. Podía
escuchar sus voces en navidad, en pascuas, podía sentir sus manos
acariciándolo y sus bocas besándolo, podía escucharlos
cantar un domingo de lluvia, podía escuchar un piano tocado por
uno de ellos, una guitarra tocada por otra, podía escucharme a mi
mismo contando cuentos de cuna para que los bebés se queden dormidos,
podía oler los olores a pis de los bebés, el olor a pañal
manchado, podía ver unos mamarrachos exhibidos orgullosamente en
una heladera como si fueran obras de Van Gogh o de Renoir, podía
ver luminosas vacaciones, oír largos y felices llamados telefónicos,
podía sentir el agradable cansancio de horas y horas de caminatas
familiares por la playa, podía sentir el delicioso gusto de miles
y miles de comidas, distintas e iguales al mismo tiempo, sentir esa sensación
de lleno, de satisfecho, de un trabajo bien hecho, de una misión
bien cumplida.
Por supuesto que lo que imaginé
jamás pasó. Bien podía haberlo olvidado apenas terminé
de pensarlo. Ahora estoy cerca del final de ese camino que creí
diseñar hace tanto, tanto tiempo, sentado en un bar, abajo de una
biblioteca, al lado de una plaza con gente leyendo, tomando un café,
en este año redondo, con tres ceros, y me doy cuenta de que la realidad
tiene sus vueltas, vueltas impredecibles. La realidad, la experiencia,
fácilmente pude comprobarlo con seguridad, fue infinitamente mejor
de lo que había soñado, y recordé otra frase de esa
voz en el tren, que ahora decía: 'podés hacer que tus sueños
mas locos parezcan un chiste tonto'."
Estaba subiendo una escalera. Ya había
olvidado dónde empezaba esta escalera. Tenía una cierta idea
de una ciudad atrás suyo y una ciudad adelante suyo. La ciudad de
atrás estaba hecha de piedras color arena, piedras y adobe pintado
de cal blanca. Recordaba el verde de la plaza, vista desde la terraza de
un bar, con un vaso lleno de cerveza color ámbar en la mano, fría,
húmeda, mientras esuchaba una música suave y a gente hablando
en inglés y en alemán. Desde esa terraza había visto
la puesta del sol, sobre la ciudad, en esa terraza, sentado cómodamente
en una silla de madera, mirando la gente pasar por la plaza, escuchando
las voces en idiomas conocidos y desconocidos, sintiendo el viento frío
que empezaba a soplar en todo el valle que contenía a la ciudad
como si fuera una gran olla, había planeado el viaje, a pie, que
ahora estaba haciendo en la escalera.
Recordaba claramente el libro, letras
negras sobre fondo blanco, y las fotos de piedras y más piedras
color arena, piedras enormes, recordaba claramente los diagramas, líneas
negras sobre un fondo blanco, que mostraban como esas piedras, vistas de
muy cerca, formaban calles y edificios, y esas calles y edificios formaban
una ciudad, y esa ciudad formaba un dibujo de un puma, visto desde muy
alto, visto desde el cielo, la ciudad donde estaba esa plaza, esa terraza,
esa cerveza.
También podía recordar
las fotos de otras piedras, enormes, color arena, podía recordar
también los diagramas, negro sobre blanco, que explicaban cómo
esas otras piedras también formaban una ciudad con edificios, templos,
plazas, y terrazas, pero muy distintas a la otra ciudad, por lo menos distintas
a lo que era ahora la ciudad de donde había salido antes de subirse
a esta escalera, infinita. Esos diagramas explicaban cómo la ciudad
que era su destino, también vista desde arriba, desde el cielo,
formaba una imagen, de un cóndor, un ave con sus alas desplegadas,
volando.
Ahora podía saber que estaba
en una escalera, subiendo, subiendo, desde un puma hacia un cóndor,
subiendo, lentamente, por una escalera. Era tán fácil olvidarse
de todo, olvidarse de la ciudad puma, olvidarse de la ciudad cóndor,
mirar la escalera, y subir. Un paso, un escalón. Otro paso, otro
escalón. Los escalones eran de piedra, con formas irregulares. Si
miraba hacia arriba podía ver una cima, como si fuese el final del
camino, pero cada vez que llegaba a esa cima veía que la escalera
seguía, y había otra cima más adelante, donde también
era fácil imaginar el fin del camino, y equivocarse nuevamente,
porque en ese lugar no había ninguna ciudad con forma de cóndor,
no habían piedras apiladas formando edificios y plazas. También
podía ver, de vez en cuando, pequeños edificios de piedra,
con ventanas con una forma extraña, como un rectángulo pero
con su base más grande que la parte de arriba, una forma ideal para
resistir terremotos, la explicación por la cual la ciudad del cóndor
estaba todavía entera, la explicación por qué la ciudad
del puma se había tratado de sacudir los edificios de adobe como
si fuesen pulgas, y casi lo había logrado, dejando sólo su
alma de piedra de pie.
Pero, ahora estaba en la escalera. Mientras
subía, podía imaginarse que cada escalón irregular
de piedra era de un color distinto. Ahora estaba en un escalón rojo.
Ese color le recordaba la seguridad, la supervivencia. Sabía que
el camino era peligroso. Habían oído que estaba lleno de
ladrones. Habían visto algunos animales salvajes. Sentía
frío y calor intermitentemente, el sol le pegaba en la cabeza y
el viento lo congelaba. Pero el rojo de ese escalón le daba confianza,
era un rojo cálido y protector. El segundo escalón era de
color naranja. Ese color le recordaba el placer y la emoción. Sabía
que gracias a ese color rojo que había visto antes, podía
disfrutar de ese naranja que veía ahora, podía disfutar de
ver esas montañas grises y esas plantas verdes, podía disfrutar
de la experiencia del camino y emocionarse con la expectativa de llegar
a la ciudad cóndor. Podía oír su voz cantando y sentir
el placer de el esfuerzo que estaba haciendo. El siguiente escalón,
el tercero, era color amarillo. Ese color le sugería que podía
interpretar que gracias a la roja seguridad que podía sentir y el
naranja placer que disfrutaba era consciente de su propio y amarillo poder
personal, el poder que le permitía decidir hacer este camino y llegar
hasta su fin, saber que tenía todos los recursos necesarios para
poder subir la escalera completa, escalón tras escalón, paso
a paso, centímetro a centímetro, metro a metro, lentamente,
hasta recorrer los kilómetros que lo separaban de su meta, hasta
subir los kilómetros de altura y luego volverlos a bajar. El cuarto
escalón era verde. Un verde como el de las plantas que lo rodeaban,
plantas que se movían lentamente con el viento, un viento que susurraba
suavemente, en sus oídos, y ese color verde le hacía sentir,
bien adentro suyo, en su corazón, una vibración, como una
mariposa aleteando, una sensación agradable, sabiendo que el rojo
de la seguridad lo protegía, que el naranja del placer le daba fuerzas
para seguir, que le amarillo de su poder personal le daba la seguridad
de que podía hacerlo, y ese verde que ahora lo envolvía lo
conectaba con los seres que lo rodeaban, podía comprender las necesidades
de los demás y sus propias necesidades, y saber, darse cuenta, de
que el universo es un lugar amable, que podía descubrir cómo
aprender a amar incluso a sus problemas y dificultades, y así transformarlos
mágicamente en sus aliados. El quinto escalón era de color
azul, y cuando pensaba en ese color, sabiendo que el rojo lo protegía,
que el naranja le hacía sentir felicidad, que el amarillo le hacía
sentir su poder, y que el verde lo conectaba con su entorno, el azul le
daba ganas de comunicar a todos los que lo rodeaban que estaba bien, que
estaba feliz, que podía con este camino, que entendía los
motivos de los demás y los aceptaba, y que podía, si quería,
transmitir esas ideas, imágenes, palabras, sonidos, sensaciones,
a los demás, para que también entiendan lo que estaba en
su cabeza y en su cuerpo y en su corazón. Sabía que de esa
forma podía atreverse a pisar, firmemente, el escalón número
seis, que era de color índigo, un azul tipo violeta luminoso y atractivo,
ese color le animaba a dejar volar su imaginación, como si fuese
un pájaro con alas de color índigo y su cuerpo formado por
plumas rojas, naranjas, amarillas, verdes y azules, un pájaro que
cantaba con seguridad, con placer, cantaba una canción de poder
y amor, una canción que comunicaba su intuición, comunicaba
lo que podía ver con el ojo de su mente. Con ese ojo había
imaginado este camino, en esa terraza, mirando a esa plaza y escuchando
a la gente hablar con acentos duros y complicados. Con ese ojo había
visto la ciudad del cóndor, ya que no podía verla con los
otros ojos antes de hacer el camino, podía verla con ese tercer
ojo, el ojo de su mente, imaginarla, ver las piedras, sentir, en su imaginación,
la textura de los edificios, suaves, como una caricia, oír el viento
entre las montañas que protegían a la ciudad cóndor,
oler ese aire de montaña y sentir el gusto del agua de un arroyo
que bajaba de las altas cumbres, haciendo un ruido silencioso, todo en
su imaginación, porque este tercer ojo, este ojo de la mente, le
permitía no sólo ver lo que él quería lograr,
ver los objetivos antes de ni siquiera empezar a subir por la escalera
que lo llevaría al logro del objetivo, además de verlo podía
oírlo en su mente, podía sentirlo, olerlo y gustarlo en su
mente. Incluso podía sentir el cansancio y la felicidad de haber
llegado al objetivo antes de salir, simplemente usando la intuición
del ojo de su mente. Y ahora estaba listo para subir un último escalón,
podía sumar el color rojo de la seguridad, podía incluír
el naranja del placer y la emoción, podía agregar el amarillo
de la convicción de poder lograr su objetivo, podía también
mezclar el verde de su amor y compasión por los demás seres
sensibles y vivientes, podía encender esa luz azul de su palabra
y su comunicación, podía ver el índigo de su imaginación,
y lograba un color blanco, un blanco violáceo, un blanco casi fosforecente,
un blanco luminoso, claro, con la máxima claridad, un color que
iluminaba todas las cosas y lo hacía sentir seguro, con placer y
poder, le hacía oír las vibraciones del universo a su alrededor
y oír las palabras que salían de su mente y le daban ánimos,
las palabras de los demás que lo apoyaban y ayudaban y alentaban,
podía iluminar con ese blanco la escena que había creado
con el ojo de su mente, iluminar las sensaciones, iluminar los sonidos,
iluminar hasta los olores y gustos, iluminar las formas que veía
en su mente y formaban su objetivo, porque todo objetivo empieza como un
sueño, al que se le van agregando los detalles de color, forma,
movimiento, sonido, armonía, música, temperatura, textura,
peso, aroma, gusto, densidad, ubicación, y todos los detalles que
convierten al sueño en algo real, y luego, iluminándolo con
ese blanco cósmico, y sabiendo que el universo está de nuestro
lado para ayudarnos a lograr ese objetivo, podemos olvidarnos del objetivo
y simplemente dedicarnos a lograrlo, sabiendo que la mayor parte del trabajo
va a hacerse sin necesidad de preocuparse porque tenemos la ayuda de esa
mente que es el universo, y de esa otra mente que contiene a nuestra mente,
esa mente que no conocemos pero que llevamos a todas partes.
Por supuesto que llegó a la ciudad
cóndor. Cuando llegó pudo comprobar que las piedras eran
más suaves, más amarillas, más silenciosas que lo
que había imaginado en su mente, en esa terraza en la ciudad puma,
y podía comprobar que el cansancio era también mayor y que
el placer era todavía mayor que el cansancio y que el camino había
valido la pena, y podía darse cuenta de que el camino había
sido mucho más importante de lo que le había parecido, porque
todos piensan en la ciudad pero pocos se detienen a disfrutar del camino
en sí y de descubrir los tesoros que hay en el camino, tesoros que
podemos llevarnos en nuestra mente y que nos van a servir para poder pasar
el siguiente camino, y el siguiente a ese, y el otro, y el de más
allá, y más allá.
La liebre, como todos sabemos, una vez
le jugó una carrera a la tortuga. En una conferencia de prensa,
luego de su aplastante victoria, la tortuga explicó que lo que había
pasado no era ningún milagro. La liebre estaba tan confiada de ganarle
a una simple tortuga que no se molestó en prepararse para la carrera.
No sólo eso, sino que, como estaba segura de que no podía
perder, se dio el lujo de tratar de humillar a la tortuga parando en el
medio del camino para dormir una siesta. Como es de público conocimiento,
la liebre no pudo despertarse a tiempo y la tortuga llegó primera
a la meta. 'La perseverancia tiene sus frutos', dijo este animal mientras
sus admiradoras lustraban su caparazón, hasta dejarlo brillante
como un espejo. 'Esto nos sirve para darnos cuenta, de una vez por todas,
que lo más increíble puede pasar, si simplemente lo dejamos
pasar.' decía a los periodistas antes de subirse a la limousine
que la gente de Torneos y Competencias había puesto a su disposición.
'Además', agregó con un tono de misterio, 'tenía a
alguien que trabajaba para mí dentro del enemigo, alguien que necesitaba
darle una lección a la liebre.'
Medios de comunicación vinculados
al sindicato de liebres y afines iniciaron una campaña mediática
para descubrir y exponer a este traidor a la raza. Investigaron al entrenador,
al manager, a la familia de la liebre, pero no hubo caso. Ya sin idea de
dónde buscar, fueron a ver a la tortuga para que rectificara o ratificara
esta información. La tortuga, refugiada en su quinta de Pilar, dijo
'Lo que le pasó a la liebre es lo que le pasa a todos los que creen
que se las saben todas. No se la saben todas.' Interrogada por los periodistas
sobre qué es lo que no sabe la liebre, dijo 'La liebre sabe correr.
Sabe cómo cavar un pozo, sabe cómo encontrar zanahorias y
vegetales. Pero, por ejemplo, no sabe cómo hacer para que su corazón
lata más rápido. No sabe cómo enfocar sus ojos para
ver las cosas con claridad. No sabe cómo diferenciar un ruido inofensivo
de un ladrido de un peligroso perro. No sabe cómo diferenciar el
olor de comida del olor de un veneno. Si fuera por él no podría
digerir su comida porque no sabe cómo hacerlo. Tampoco podría
curarse de una herida, no sabe hacerlo. No sabe cómo separar el
oxigeno del aire y llevarlo a las partes del cuerpo que lo necesitan. No
sabe cómo expulsar de su cuerpo a los invasores que tratan de enfermarlo.
Y no sabe una infinidad de cosas por el estilo, podría estar toda
la noche diciéndoles cosas que no sabe hacer.'
Los periodistas estaban confundidos.
'Es cierto que ninguna liebre sabe cómo hacer todas esas cosas.
Pero de todas formas, a las liebres les late el corazón más
rápido cuando corren, las liebres pueden ver y reconocer objetos
en mucho menos que una fracción de segundo, saltan si oyen a un
perro, pero es cierto, por ejemplo, la liebre salta primero y luego se
da cuenta de que ladró un perro y recien entonces sabe por qué
saltó.' 'Justamente', dijo la tortuga. 'La liebre no sabe pero sin
embargo lo hace. Entonces, quién es el que sabe hacer todo esto
que la liebre puede ignorar tan cómoda y seguramente?' Los periodistas
no sabían que responder. 'Les voy a decir. Dentro de la mente de
la liebre hay otra mente. Es una mente mucho más grande, sabia y
vieja que la mente de la liebre. Es una mente que antes de que la liebre
naciera estaba controlando sus latidos, sus movimientos, controlaba el
azucar en la sangre, controlaba el oxígeno que llegaba a sus órganos,
controlaba todo, desde meses antes de que naciera. Aún ahora sigue
haciéndolo. Cuando la liebre descansa esa mente trabaja más
que nunca, sueña, y al mismo tiempo mantiene a la liebre viva y
saludable. Es una mente que jamäs descansa, está siempre alerta
a la posibilidad de un peligro, está siempre trabajando para la
liebre. Ya es hora de que esa mente tenga un reconocimiento, ahora me voy
a dormir la siesta, tengo mucho por soñar, gracias por venir y hasta
luego' dijo la tortuga mientras cerraba la puerta de su casa en los hocicos
de los periodistas.