Un día en la vida
Por Fernando Bonsembiante
Alberto paseaba por la calle Florida mirando las vidrieras. Eran las 13 horas y todavía no había almorzado. Fue caminando hasta el supermercado. El día estaba lindo, había sol y la temperatura era agradable, así que le pareció que lo ideal era un picnic en alguna plaza. Por eso en el supermercado agarró galletitas sin sal, una lata de paté de foie, un frasquito de caviar y un sobre de polvo para preparar jugo de naranja. Se venía el invierno así que debía preocuparse por consumir algo de vitamina C. Las latas las metió en sus bolsillos, las galletitas adentro de la campera, y encaró para salir. Antes de cruzar por la salida de los que no compran, se acordó de que había terminado el libro de Cortázar y que le vendría bien empezar uno nuevo. Revisó los libros en oferta y agarró uno de Sábato que le habían recomendado mucho. Ese no se molestó en esconderlo, los guardias de seguridad parecían tener una ceguera selectiva, no veían los libros o quizá pensaban que ya había entrado con él en la mano. Salió, saludó al guardia con la misma mano en la que tenía el libro y agarró su inseparable mochila, que había dejado en los gabinetes de la entrada. A dos metros de la puerta guardó su botín en la mochila y encaró hacia la plaza. Pasó por el edificio donde trabajaba Ángel, su amigo el portero. Le pidió una botella vacía y la llenó en la canilla que usaba para baldear la vereda, mezclando el jugo de naranja con el agua. Ángel le ofreció el diario de ayer, pero no lo aceptó, prefería dedicarse a Sábato y no preocuparse por los asuntos de los políticos y economistas.
En su banco preferido había un tipo durmiendo, tapado con cartones y papeles. Lo miró y le dio lastima. Era uno de esos tantos pordioseros sucios y borrachos, y prefirió no molestarlo. Se sentó en otro lado, sacó su navaja del bolsillo, abrió las latas y empezó a comer. El caviar era rojo, él prefería el caviar negro, pero en el supermercado solamente tenían caviar negro en unos frascos demasiado grandes como para ponerse en el bolsillo. Además, prefería llevarse sólo lo que necesitaba, no tenía heladera como para guardar sus sobras. Cuando terminó de comer se arrepintió de no haber sacado un postre del super, pero no iba a quedarse con las ganas. Entró en el shopping y fue hacia el patio de comidas. Ahí estaba su postre. Vio a dos señoras que habían pedido té con tortas que se estaban levantando, dejando media torta de chocolate y un pedazo pequeño pero tentador de torta de manzana. Se sentó enseguida, antes de que alguna empleada demasiado eficiente limpie la mesa, y se puso a leer el libro como si hiciera horas que estaba sentado ahí. Mientras disfrutaba de la prosa de Sábato, terminó la media torta de chocolate y la coronó con el pedazo de torta de manzana. Se metió en el bolsillo los sobres de azúcar que las damas habían dejado y fue al baño del shopping. Ahí se miró al espejo y decidió que debía bañarse, hacía una semana que no se bañaba y no quería parecerse al tipo que estaba en su banco de la plaza. La vez pasada le había pedido el favor a Ángel, que a cambio de destaparle las cloacas del edificio le había prestado su baño. Pero prefería no abusar de él, ese tipo de gente no abunda y no quería quedar mal, además no tenía ganas de trabajar, la limpieza de las cloacas lo había dejado cansado para todo el mes. Fue, entonces, caminando, a otro shopping que sabía que iba a estar bastante vacío. Entró al baño y para su suerte, no había nadie. Llenó la botella de agua caliente de la canilla, le agregó bastante jabón líquido, y se metió en uno de los reservados de los inodoros. Ahí se desnudó, sacó una toalla de su mochila, usó la mitad para lavarse con el agua jabonosa y la otra mitad para secarse. Metió la toalla, su calzoncillo y su remera en una bolsa de plástico y se vistió con la poca ropa limpia que le quedaba. Quizá mañana o pasado podía pasar por esa plaza que tiene la fuente para lavar la ropa, si seguían los días soleados como para secarla. El pantalón podía aguantar un mes más. Al salir se miró en el espejo, parecía otro más de los tantos empleados que pasaban sus horas libres en el shopping, nadie diría que ya hacía tres años que no tenía ni trabajo ni casa.
Ahora tenía la tarde libre. Recien eran las cuatro y no tenía ganas de andar caminando sin rumbo fijo como siempre. Fue al cine del shopping y esperó a que terminara una película. En el caos de gente entrando y saliendo, repitió su maniobra tan ensayada. Se acercó a la salida y desde ahí miró el baño de hombres que estaba en la zona de cines. Puso cara de como que se había olvidado de hacer algo importante y entró por la salida hacia el baño. En ese momento crítico, si alguien le preguntaba qué estaba haciendo, iba a decir que salía de ver la película y que de repente se acordó de que se estaba haciendo pis encima. Pero jamás nadie le preguntaba nada. Una vez dentro del baño la historia era la opuesta, que había ido al baño antes de entrar a ver la película, y la entrada la tenía su novia, que ya estaba en la sala. Igualmente, jamás había tenido que usar esa excusa. Salió del baño y encaró hacia las salas, siguiendo a la gente que entraba, y se sentó en una donde estaban por empezar. Se trataba de una película de amor, muy melosa, y se aburrió enseguida, pero se quedó hasta el final. Aprovechó para dormirse una siestita, no estaba seguro de dónde iba a pasar esa noche y lo mejor era aprovechar la oportunidad. Al salir del cine, se sentía medio mareado por la siesta y tenía ganas de despejarse. Nada mejor que un café. Cerca del shopping había una casa de velorios y por suerte había mucha gente. El cadáver debía ser alguien muy popular, un tal Julio Ritondi. Entró con la idea de hacerse pasar por un pariente, pero mirando las coronas de flores, ´tus alumnos del conservatorio´, ´tus compañeros, orquesta típica de tangos´ , encaró a la viuda y la abrazó emocionado, diciendo que había sido alumno de Julito hacía bastante tiempo y que era una gran pérdida para la música ciudadana. La viuda le agradeció y lo hizo pasar a la salita donde no sólo había café, sino masas finas y facturas. Estuvo un buen rato ahí, charlando con otros tangueros, hasta que se cansó de decir tantas pavadas juntas. Saludó nuevamente a la viuda, le ofreció todo su apoyo, y salió a la calle. Ya había anochecido. Era hora de encontrar un buen lugar para dormir. Había comido tantas masas y facturas que no necesitaba cenar. Fue hasta la biblioteca del congreso, presentó su documento de identidad, dejó su bolso en la puerta y entró. Ahí pidió un libro de psicología que había empezado la semana pasada, un tomo de una enciclopedia ilustrada y un libro de ensayos políticos que había oído nombrar en la radio. Con ellos en las manos, fue hasta una silla, se sentó bien cómodo con los libros abiertos delante suyo, y se durmió casi inmediatamente.